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OPINION

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La cultura vs la civilización
Publicado 11/01/2017

James Cifuentes

Suele pasar que cuando a algunas personas nos preguntan que si nos gusta el vallenato, respondemos “uno que otro”; pero también ocurre que en un paseo a la costa, con parranda incluida en la playa, nos contagiamos del espíritu costeño y nos gozamos hasta el amanecer y sin reparo la guachafita con la caja, el acordeón, la guacharaca y el “ayombero”, porque allá la cosa suena y sabe bien diferente.

Pues bien, supongo que algo similar puede suceder con la discutida tradición de la tauromaquia; mientras para algunos es la grandiosa fiesta de los toros, para otros solo es una función de barbarie en tres actos, el tercio de varas, el tercio de banderillas y el tercio de muerte. Entre expertos y críticos la polémica está servida, pero solo de un tiempo para acá, porque hace 40 años, cuando éramos más parroquia, más pueblo, nadie hubiera puesto en entredicho la tradición de las corridas.

El hecho es que, así como algunos somos reticentes con los vallenatos, pero pasamos de lo lindo cuando se interpreta en vivo, no es lo mismo hablar de toros en la sala de la casa que presenciar y sentir la faena de cuerpo presente, acomodado en las graderías y palcos de la plaza; y digo que no es lo mismo para bien y para mal.

Lo que pasa en el redondel es todo un ritual que involucra a los humanos y a los animales desde que estos últimos llegan a los corrales y son preparados para la lidia; y aquí es clave entender que a los toros no se les lleva al coso (a la plaza) simplemente para matarlos, el arte, de raíces griegas y romanas, arraigado en la cultura latina, entiéndase Francia, España, Portugal y sus colonias, consiste, aunque sea difícil entenderlo, en rendirle culto a la divinidad representada en la fuerza, la bravura, las astas y la nobleza de la fiera.

El torero, para los seguidores un valiente y un héroe y, para los detractores, un payaso imprudente, se bate a muerte con el toro; unos dirán que lo enaltece con los pases de la muleta y el capote, para llevarlo a morir dignamente, porque para eso fue criado. Otros seguirán pensado que por más floritura y sofisticación que se le ponga, el toreo no dejará de ser una carnicería, un burdo circo de dolor y sangre, para el deleite de los hombres, que resultan siendo más bestias que el animal. Mientras tanto, cada año, en la calle seguirá la controversia y en las plazas seguirá el carnaval, entre el glamour de los sombreros y las pavas, la euforia de la manzanilla, los pasodobles, los olé y los pañuelos blancos..

 
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