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OPINION

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La apertura de la fe
Publicado 13/09/2017

James Cifuentes M.

No imaginé el revuelo que causaría el periplo del Papa por tierras colombianas, entre los católicos y aun sobre muchas personas esquivas a la religiosidad. Cinco días intensos, con un cubrimiento como solo se había visto para un mundial de futbol; cinco días en los que, aunque el tema fue el mismo, no hubo lugar a la monotonía, porque tal parece que, donde intervenga Francisco, el impacto en la opinión está asegurado con la contundencia de sus palabras.


 Un papa que afirma que “Todas las religiones son verdaderas, porque son verdad en los corazones de todos aquellos que creen en ellas” y que, como representante de Cristo en la tierra, sacude los cimientos de su iglesia diciendo que Adán y Eva son una fábula y que el infierno es un “recurso literario”, es un prodigio y demuestra que sí es posible alimentar el espíritu de manera consciente, sin tragar entero, sin romper con la racionalidad.


 Algunos opositores, en su afán de protagonismo, salieron a decir que no participarían en los actos oficiales de la visita del papa, dizque porque constituían un aprovechamiento del gobierno y, se pregunta uno, ¿y es que por falsa imparcialidad hubiera cabido que el Presidente se marginara de semejante oportunidad para consolidar el proceso de paz, cuando la paz es un fin del Estado y un ideal de la fe cristiana que profesa el 90% de los colombianos?, ¿Acaso fueron imparciales los promotores del NO cuando inclinaron la balanza del plebiscito, mezclando la ideología de género con los conceptos sobre la familia, para convocar con indignación a esos mismos cristianos?
 Y sí, cada frase de Francisco estuvo cargada de amor, pero también de efectos políticos, de realismo social, sin hipocresías, porque, para bien o para mal, la política también se construye desde la fe; así ha sido durante los últimos 2000 años.


 “Siempre he conversado con Dios y de Dios aprendí a sentir, como si fuese un dolor mío, el hambre de los otros, la injusticia de los postergados y la tragedia infinita de vivir en la tierra que lo ofrece todo, para que los más no tengan nada... esa injusticia que orilla por las calles de los pobres... y que termina por agitar la razón del que es honrado. Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos... y traduzco ese silencio de angustia que adivino”.


 Esto último no lo dijo Jorge Bergoglio, lo dijo otro argentino, Enrique Santos Discépolo, a comienzos del siglo XX; qué gratísima coincidencia.

 
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