ArtÃculo leido 610 veces.
John Diego Molina
Reconforta por no decirlo de otra forma, el sentimiento de libertad que brota del alma, los anhelos del espíritu cautivo por más de cuarenta años, esperanzas que se consideraban perdidas, jóvenes que sin vigor se dejaban dominar por el miedo, y que no se atrevían a soñar por considerarlo ilícito, hoy salen de la caparazón para respirar el aire de otra patria, de otro mundo y de otra región perdida en el corazón del África, pero que transmite al mundo que están empezando a construir democracia.
Esto es lo que sucedió en la ciudad de Misrata y cualquier lector desprevenido pudiera sonreírse y exclamar sorprendido ¡qué me importa! ¡no me interesa! ¡este columnista está perdido! pero cuando le refiera que se trata de una región de Libia que celebra con orgullo los primeros comicios electorales que tienen lugar después de cuarenta años, seguramente empezaremos a entender lo que representa y significa después de la dictadura de Gadafi.
Es un ensayo, es una apuesta a la democracia, es la forma de saborear la expectativa del cambio para que este modelo se puede extender por todo el país, no deja de llamar la atención que las urnas sean de cristal por su significado, la tinta indeleble en los dedos del votante evocan otra época de nuestra historia por fortuna superada.
Pero lo rescatable de este imponente ensayo de democracia, es que podría decirse con indiferencia que nosotros tenemos democracia, y que en el planeta este sugestivo nombre resuena interminablemente, por ser el orgullo de países de naciones y gobiernos, que lo enaltecen, lo invocan y lo convierten en la piedra angular de las sociedades, que debieran sentirse satisfechos.
Lo curioso de todo esto es que si analizamos los estados democráticos, no pareciera que fuera real tanta maravilla, por que los vemos renegando, los sentimos insatisfechos, y algunos refieren cuál democracia, cuál libertad, cuáles oportunidades, cuál gobierno del pueblo y por el pueblo, por qué golpean los estudiantes (dato reciente de Valencia), las marchas incesantes que desesperadamente quieren llamar la atención, qué sucede con los derechos fundamentales, y empezamos a pensar cómo podemos protestar dentro de los estados democráticos sin que se aplique represión que siempre está legitimada.
Caído como de un cuento de las Mil y una Noches surge como un fantasma el arte, que a veces queremos olvidar, pero que con su lenguaje al parecer inexpresivo nos permite pintar otro cuadro, otra realidad, grabar en otro lienzo los deseos reprimidos, sometidos a la interpretación de un colectivo, que vibra en su interior con él y sale pensativo al percibir un mensaje de dolor y de angustia que invita al cambio, a la rebeldía.
Hoy más que nunca las exposiciones de los artistas tienen una marca, un sello colectivo por que lo han recogido de las vivencias populares, no de otra manera puede entenderse la pancarta que recoge la obra de la alemana Andrea Geyer que pone el punto de partida. “De nuestros sueños, de nuestras responsabilidades”. De ahí al título de la exposición hay sólo un paso “Permiso para hacer la revolución”…
Tremenda expresión, comparable con el golpe de un mazo en nuestra cabeza, que nos obliga a reflexionar y a preguntar ¿será que estamos tan embebidos en nuestras propias necesidades y en la urgencia de satisfacerlas individualmente, que no nos damos cuenta que todos nuestros reclamos y nuestras inquietudes se pierden en una etiqueta democrática, que todo lo permite pero que todo lo reprime al no facilitar mudar el disfraz con que nos visten?
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