ArtÃculo leido 375 veces.
William Ramírez V.
Todo cuanto gire en torno a resolver la problemática del espacio público debe comprometernos.
Se trata del futuro de nuestra capital cuyo desarrollo es innegable en todos sus puntos cardinales, y requiere especial atención para que sus polos de crecimiento no se atrofien y con el tiempo no se conviertan en lamentable nudo gordiano que a cada momento amenaza en volverse insolubles.
Los expertos no se resignan a observar de manera pasiva el deterioro de las ciudades, a medida que se extienden de cara al progreso sin los rigores de una planeación comprometida con el futuro. No basta con ir asfixiando desordenadamente su zona urbana y sectores determinantes donde es vital para su vida de relación. Lo cual entre nosotros se viene ejecutando con los pesos y contrapesos de una urbanización visionaria y razonable adecuación de servicios públicos domiciliarios, pero todavía los resultados no satisfacen.
Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de esta y anteriores administraciones, el espacio público se nos está convirtiendo en un calvario. En la reiteración de un tema obligado ante la avasallante situación que afrontan nuestras carreras y calles. Pero no se puede encontrar la situación adecuada para superar evidente congestión que a todos nos duele y perjudica.
Todas las propuestas para erradicar este fenómeno cuyo origen es de orden social y económico, deben ser efectivas y no simples consideraciones como letra muerta donde abundan las propuestas, mientras los entuertos de todo orden aumentan y nos tienden a hundir en el caos. Esa parece ser la tónica.
Cada quien opina y entreteje una serie de soluciones que con el tiempo pierden vigencia, porque se quedan en iniciativas nada más. Si bien las soluciones deben contribuir para que el espacio público se recupere tras la aplicación de reglamentos y controles que eviten la proliferación de personas que agravan el problema urbano. Ellas deterioran la imagen de Pereira con toda suerte de ventas y ofertas cual mercado persa que deprime al comercio organizado.
Pero todo debe obedecer a un plan concertado, en donde las buenas razones le abran a los hechos la posibilidad de una concientización oportuna y valedera que organice y vaya erradicando el comercio informal sin que se quede en la demagogia y dándole la espalda un problema que todos los días, es cada vez mayor su dimensión.
Es la piedra en el zapato que afecta el talón de Aquiles, en los 147 años de fundación de Pereira en donde todavía no hay poder humano que se le enfrente con decisión y equidad para encarar una crisis de pocas opciones de trabajo; empero muchos buscan encontrar la panacea de su redención aquí, cuando la realidad es otra y pocas las oportunidades.
Pueda ser que el apoyo de organizaciones internacionales, sea el aliento definitivo que nos saque de esta postración que lastima nuestro civismo y desdice del empuje infundido por sus fundadores, que ensombrece el bien ganado prestigio de ciudad pujante.
Así no se puede promocionar el turismo ni hablarse de prosperidad; tampoco atraer la inversión ni pensarse en prosperidad.
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