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Gilberto Toro García
La Naturaleza trabaja permanentemente, construyendo aquí, destruyendo allá, modificando acullá, utilizando como herramientas el viento y las lluvias, el flujo y el reflujo de las mareas, la escarcha y la nieve, el frío y el calor, hasta las insignificantes criaturas laboran en su servicio y desempeñan un papel en el eternamente mudable escenario de la tierra.
Afortunadamente todos los cambios del paisaje realizados por los agentes de la naturaleza no son de un carácter destructor. Muchos animalitos humildes e ignorados por el hombre, realizan inconcientemente un trabajo valiosísimo. Sin la intervención de la despreciada lombriz de la tierra, por ejemplo, muchas fértiles llanuras serían inóspitas, pues el drenaje y la aireación necesarios a tales terrenos se deben en gran parte a las actividades de tan poco atractivo animal.
Mucho antes de la aparición del hombre, estas humildes criaturas se dedicaban ya a la afanosa tarea de preparar la tierra para la ocupación de la raza humana. Por su mediación, los terrenos se han nivelado, las desnudas rocas se han cubierto y se ha formado esa rica y oscura capa vegetal, en que las semillas germinan y las plantas florecen.
Gracias a nuestro amigo Darwin, a quien debemos nuestros primeros conocimientos sobre la vida de las lombrices de tierra, quizá no haya otro animal tan importante en la historia del mundo como estas humildes criaturas de tan rudimentaria organización.
Lo curioso del caso es que no tienen mandíbulas ni dientes, pero toman sus alimentos por la acción muscular de la faringe, que funciona a manera parecida a la de una bomba aspirante. Cuando abren sus agujeros, puede decirse que se comen el camino, pues se van tragando la tierra atraídas por las materias orgánicas que contiene.
Las lombrices de tierra no tienen oídos ni ojos, pero su parte externa es sensible a la luz. Una lombriz detecta las vibraciones procedentes de un topo vecino y desvían su dirección hacia otro lado.
El proceso de la evolución continúa, los más recientes datos obtenidos de los fósiles indican que hace ya unos cuatro millones de años existían seres parecidos al hombre que se habían separado del resto de los primates. La especie Homo Sapiens apareció hace solo unos 100.000 años.
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