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El flagelo del hambre es un fenómeno que no se detiene causando estragos en pleno siglo XXI. La FAO es conciente de esta tragedia humana, con mayor rigor en los países subdesarrollados y de alta mortalidad en donde mueren niños por desnutrición.
Las estadísticas hablan por sí solas, y en lo que corresponde a nuestro país: es preocupante si nos basamos en la experiencia de la misma Asociación Colombiana de Pediatras que no vacila en señalar a este problema de salud, responsable directo de la mitad de las enfermedades que causan la muerte de menores de 5 años. Y en nada contradicen las conclusiones planteadas por la Encuesta Nacional de Situación Nutricional en Colombia (Encin), señalada por los expertos como el más completo estudio efectuado hasta la fecha sobre nutrición en el país.
Dice la encuesta, que el 48.8% de los 17.740 hogares estudiados presentan niveles de inseguridad alimentaria de leves a severos. Y todo obedece a la falta de recursos económicos suficientes para garantizar la adecuada provisión de alimentos para todos los miembros del hogar en el área urbana; e idéntica situación fue expresada por seis de cada diez familias de los sectores rurales. Sorprendente es que se haya establecido deficiencias nutricionales que afectan a la primera infancia; sobretodo a los niños menores de tres años, según las averiguaciones de Encin.
En todo caso, a esta calamidad se suma la anemia que es el resultado de la desnutrición que la padece el 38% de los niños entre los 5 y los 12 años. Otra revelación es que las mujeres en edad reproductiva y las gestantes, también sufren deficiencias en su nutrición que a largo plazo influirá en la salud del 53% de los niños de un año de nacidos, acosados por los signos de la anemia.
Entonces ¿qué se puede esperar de poblaciones con hambre y sin ninguna esperanza de abrirse campo en la sociedad, sin un adecuado desarrollo físico, síquico, intelectual, afectivo y emocional? Es indudable que la desnutrición habrá de reflejarse en los niños en su aptitud para asimilar y comprender, y que al no lograrlo provocará su deserción escolar, estando sometidos a injusto desarrollo desigual donde los problemas de salud y la frustración, también los abocará a vivir sumidos en la pobreza.
Casi podría decirse, que este problema es cíclico y toca las puertas del gobierno y sus instituciones; su problemática desata la discusión y rasga sus vestiduras; en tanto la sociedad clama medidas de choque que cierre vergonzosa brecha de injusticia social.
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