ArtÃculo leido 299 veces.
Héctor Tabares V.
Tendrá siempre un lugar de preferencia en toda sociedad y en cualquier medio donde se halle, desenvuelva o circule en calidad de ser humano, de persona inquieta, ensimismada, llena de poesía o de imaginación.
En el transcurso de la historia, hay un común denominador según la escuela a la cual estén afiliados o sigan en el tortuoso sendero de dibujar ideas y de transmitir a la audiencia las vivencias de un mundo desconocido para el lector o advertido de esa condición, no goza de la capacidad suficiente en el cometido de plasmarlo, pulirlo, entregarlo dirigirlo a quien posea el placer de disfrutar de una disciplina de tal entidad.
Cuando alguien definió la cultura diciendo era todo aquello que nos quedaba después de haber leído, no estaba haciendo cosa distinta de concebir un criterio afortunado acerca de la esencia y de lo edificante en el divertido arte de escribir y de lograr realizarlo en una dimensión tan elevada y llegue a estimarse un profesional en el área, hasta obtener premios de la categoría de un Nobel. Es lo menos a decir de un verdadero formador de hombres en el espacio determinado de su actuación y del modo mayormente crucial en la influencia respecto de generaciones futuras.
Resulta asaz preocupante estarse a las estadísticas y estudios de las últimas décadas indicando el bajísimo nivel de dedicación a este rubro de parte de los jóvenes y en general de un conglomerado. Incluso incidencia suma en la escogencia de la obra como forma de vivir o de comportarse, dándose grandes cultores de la prosa a saltos y no todos de la altísima aptitud de los precedentes.
Echar una mirada nostálgica por la literatura, es un sano e higiénico ejercicio siendo demasiadas las satisfacciones en ese camino de adentrarse días y noches en recorrer las hojas de un buen volumen. Experimentar los momentos de romanticismo, hoy considerados pegajosos, compaginados con el ambiente. Deleitarse en los giros y construcciones gramaticales al sumirse el autor en los sentimientos y en las emociones, combinándolos y atándolos a los paisajes, a la naturaleza, extasiarse en los firmamentos diversos proporcionados alrededor del tiempo, en los ríos y mares, en los bosques y sus habitantes. O quizás entrelazando esos puntos hermosos del hábitat, a las angustias individuales, las alegrías infinitas o los desesperos de los necesitados.
Es fascinante destinar ciertos intervalos a digerir un excelente libro cuyo contenido son unas memorias bien contadas, unos hechos relatados bajo la escrupulosa lupa del diletante de las palabras elegantemente puestas en el papel, de perseguir afanosamente los rumbos y suerte de los personajes atormentados, crueles, bellos o sublimes y en particular en los toques majestuosos sobre las debilidades mundanas.
Pero igualmente surge la pesadumbre al ver escasear la prolijidad, contemplando un menguado valor en las composiciones, o el plagio o la carencia de originalidad y el eclipse de los auténticos y merecedores a la gloria, debiéndose antes justificar en algo la ausencia y la falta de discípulos en la materia. Las situaciones ahora examinadas y la manera de apreciar los sucesos, albergan diferentes realidades.
No parece muy halagador sentarse a rumiar un texto y afinarlo, sometido a la égida de un universo poblado de maquinarias, de estereotipos, de moles de cemento, del desaparecimiento de los sitios apropiados en la búsqueda de una iluminación enfocada a alcanzar un notable trabajo. Además, la existencia de una abundante cantidad de distracciones sean mecánicas o no, repercuten en la posibilidad de encontrar a un individuo dispuesto a aplicar los instantes adecuados en el propósito de la creación de un ejemplar digno de producir en el público el alborozo correspondiente. Y al asiduo cultivador de impresos, la enorme felicidad de reencontrarse debajo de la almohada, aquella ficción o retorica brillante y alucinante. Verbi gracia, un CARPENTIER o un GARCIA MARQUEZ, sin hablar de FUENTES o VARGAS LLOSA, o citar a BALZAC, o THOMAS MANN.
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