ArtÃculo leido 349 veces.
Juan Manuel Buitrago
Mis lectores saben, pero no sobra repetirlo, que jamás les pediré acompañarme en algo tan íntimo como es la escogencia de un candidato al depositar el voto.
Es muy probable que yo esté equivocado al hacer mi selección y, de cualquier manera, eso es algo muy personal y cada quien tiene sus preferencias sin tenerle que pedir permiso a nadie para hacerlas efectivas.
La belleza de nuestro sistema político - tal vez lo único bello que tiene - es ofrecerle al votante plena autonomía y garantizarle que su decisión se mantendrá en secreto. Aún los más tímidos o los cobardes tienen un instante de libertad para hacer lo que les de la gana.
Si fuera cierto que la naturaleza es perfecta y en el mundo reinara la igualdad en el reparto de las facultades mentales y físicas, si la equidad que pregonan los panfletos políticos fuera algo más que una ilusión, las contiendas electorales podrían analizarse con métodos científicos buscando obtener al final de algunas pruebas a los más capaces y dignos de confianza. Pero el mundo real es otra cosa. Todos somos más o menos pícaros y el tonto abunda más que el astuto.
Cuando los socialistas que decían creer en la igualdad hicieron la revolución rusa debieron admitir al llegarse la hora de gobernar que la estructura social está formada por elementos disímiles y tuvieron que ingeniar la patraña del socialismo real.
La dictadura del proletariado era de ricos con otro nombre, ahora se llamaban líderes del partido comunista, la nomenclatura, y la situación volvía a ser la misma con unos pocos viviendo mejor que la mayoría. Democracia participativa o democracia representativa lo mismo da. Siempre habrá unos que creen y otros que viven del cuento.
La sociedad colombiana está pintada en las telenovelas. Tramposos y envidiosos que los denuncian, prostitutas envalentonadas y niñas buenas que desean imitarlas, simuladores de virtud, comisionistas que se autodenominan patriotas, usureros y aduladores dispuestos a cualquier bajeza por la plata. Ese país real nos presenta cada cuatro años una lista de delfines, barraganas, testaferros, oportunistas y buenos para nada, gentuza verborrágica o trujamanes de feria como diría el poeta, y de ese canasto impúdico nos pide sacar a los futuros legisladores.
No hay razón para sorprenderse o sentirse ofendido, es lo que produce esta tierra.
La democracia real deja poco de donde escoger. Voy a votar en la consulta por Antanas Mockus porque el defecto que tiene es lo mejor para mi gusto: no se parece a la mayoría de los colombianos. Es congruente en sus acciones con las ideas que expresa como maestro. Si el llamado Dios de Colombia existiera y si quisiera hacernos un regalo se produciría por puro milagro la presidencia de un hombre moralmente transparente como Mockus. Por ahora es una probabilidad tan remota que puede computarse en cero.
Para el Senado votaré por Carlos Enrique Soto. Es un jefe competente para manejar el complicado electorado del barrio Cuba. No me gustan los patricios que se lanzan en paracaídas con el único aval de un abolengo en ruinas.
Tampoco los atorrantes, nuevos ricos aunque lo sean legalmente, que creen posible comprar cualquier dignidad con su dinero. Me gustan los trabajadores cotidianos del servicio público que habitan la riesgosa arena política y en ella combaten sin más armadura que su talento. El único pecado de Soto es militar en esa olla de grillos que es La U, pero allá debió llegar por el calamitoso trámite que el partido liberal le dio al fenómeno Uribe.
Para la Cámara, en blanco. Los que hicieron campaña no me gustan. Los que no tenían con que hacerla no debieron prestar su nombre para ser candidatos. Las elecciones no son un baloto, hay que fabricar propuestas viables y atractivas para interesar a los votantes.
Y salir a la calle a pregonarlas. Por otra parte, respeto la potestad del país de las telenovelas para gobernarse con legisladores escogidos a su imagen y semejanza. Ya me he ido acostumbrando a vivir como extranjero en esta Colombia filistea que me tocó en suerte.
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