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LAS ARTES

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Virginia Woolf, el fantasma del río Ouse
Publicado 11/02/2018

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Los vecinos de Monk’s House cerca de Lewes, capital del condado de Sussex, en Inglaterra, pequeño poblado de cuño y puntal normandos, testigo del genocidio de 17 protestantes que fueron quemados en la hoguera por furibundos católicos adeptos al gobierno de María Tudor, guardan solícitos uno de los lugares más interesantes en la historia política y cultural de la moderna Inglaterra. Entre sus huéspedes más ilustres figuraron los antiguos miembros de la Sociedad Fabiana, una agrupación de tendencia socialista creada en 1883; los fundadores del Partido Laborista iniciado en 1905; los opositores a la participación de Inglaterra en la Primera Guerra Mundial; el primer grupo antifascista británico; las pioneras del movimiento feminista europeo de comienzos de siglo y el grupo progresista de los “apóstoles de Cambridge”, una sociedad secreta perteneciente a la élite intelectual de la universidad del mismo nombre.

Más tarde, los miembros de esta facción conformarían el “Círculo de Bloomsbury”, una cofradía de artistas e intelectuales que cuestionaba el realismo decimonónico, el formalismo exacerbado y prejuicioso del mundo post-victoriano y preconizaban, a su vez, ideales globalizadores y tolerantes tales como el internacionalismo (serán los precursores de La Liga de las Naciones), la lucha anti-religiosa y la desobediencia civil. Tenía este grupo, entre sus miembros, filósofos de la talla de Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein; economistas de alto kilate ( John Maynard Keynes era  uno de ellos); críticos literarios reconocidos tales como Edward Morgan Forster y Roger Fry; pintores como Duncan Grants y Dora Carrington; escritores y poetas tales como Vita Sackville-West, Thomas S. Elliot y Katherine Mansfield y el famoso clan Stephen - Bell - Wolf (Vanessa y Clive, Thoby, Leonard y Virginia).

Esos mismos lugareños cuentan que aún recorre los esteros del río Ouse, la figura enjuta y fantasmal de una mujer de 59 años, de cabello largo y recogido, de mirada baja y espectral, apoyada en su bastón, quien terminaría su habitual y taciturno paseo sumergiéndose lentamente en sus ávidas profundidades. Ese 28 de marzo de 1941, las marismas del río recogieron las huellas de sus pasos vacilantes, el silencioso discurrir de sus profundos e inconfesables secretos, musitando quizás y muy queda, su inmortal epitafio: “En contra tuya volaré con mi cuerpo invencible e inamovible, ¡oh muerte!”. Sus biógrafos la imaginan liberando angustias y recogiendo piedras en el camino con las cuales llenaría los bolsillos de su gabán, haciendo realidad, de una vez por todas, su decisión letal y recurrentemente fallida. La noticia no tardó en ser conocida: se trataba de la escritora Virginia Woolf.


“Por encima de la piel del río, el aire frío de la primavera inglesa flotaba impregnado de gramíneas y arrastraba un perfume vegetal que contradecía cualquier idea de muerte”, narraba uno de sus biógrafos. Las palabras póstumas, tiernas e irónicas de Virginia Woolf muestran las contradictorias emociones que se agolpaban sobre su mente enfermiza, sometida a las exigentes demandas de su marido, más interesado en registrar su trasegar literario (5 volúmenes autobiográficos) y en la sólida empresa editorial fundada en 1917 (Hogarth Press), que en aliviar los males de su alma atormentada: “Querido, me siento segura de estar nuevamente enloqueciendo. Creo que no podemos atravesar otro de estos terribles períodos. No voy a reponerme esta vez. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor hacer (...).

Tú me has dado la mayor felicidad posible (…). No creo que dos personas hayan sido más felices hasta que apareció esta terrible enfermedad (trastorno bipolar en 1917). No puedo luchar por más tiempo. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú (¿?). Nada queda en mí salvo la certidumbre de tu bondad (…)”. En su diario (1915-1931) ya había quedado registrado el mal que la acongojaba: “Por qué será tan trágica la vida; tan parecida a una angosta vereda sobre un abismo. Miro hacia abajo; siento un mareo; me pregunto cómo haré alguna vez para caminar hasta el final” (lunes 25 de octubre de 1920) … “Tengo tanto frío que apenas puedo sostener la pluma. Lo huero que es todo… No puedo hilar una frase, y permanezco sentada, murmurando y rebullendo… Nada surge en mi cerebro, que es algo así como una ventana cerrada (…).

Entonces cierro la puerta de mi estudio y me acuesto, tapándome los oídos con goma; y estoy en cama un día o dos.  ¡Y cuántas leguas recorro, en este tiempo! Cuántas son las «sensaciones» que recorren mi espina dorsal y atacan directamente mi cabeza, a poco que les dé ocasión; qué exagerado cansancio; qué angustias y desesperaciones; y luego un celestial alivio y el reposo; y después de nuevo la desdicha. Me parece que no ha habido nadie que haya sido tan zarandeado como lo soy yo…” (sábado, 11 de febrero de 1928). En sus obras: “Una habitación propia” (“la vida es sueño… El despertar es lo que nos mata”) y “En las olas” (“Somos siluetas recortadas, somos hueros fantasmas que se mueven en la niebla, sin perspectiva”), Virginia recoge muchas de sus angustiosas percepciones… “Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida”.

Allí, en aquella rotativa que imprimió las obras de relevantes escritores tales como Catherine Mansfield, T. S. Elliot, E. M. Forster y Sigmund Freud, se imprimieron también las obras de Mary Victoria Sacksville-West (Vita), el amor sáfico de Virginia que escandalizó a la hipócrita sociedad londinense, al igual que el de George Gordon (Lord Byron) y Alfred Douglas a comienzos del siglo XIX, y el de Oscar Wilde y Alfred Bruce Douglas a finales del mismo. Es a esta poetisa a quien amó verdadera y profundamente y le dedicó “Orlando” (“la carta de amor más larga, bella y encantadora de toda la literatura”), buscando quizás un fugaz refugio frente al acoso de aquellos recuerdos llenos de misantropía que evocaban los lances incestuosos y abusivos de sus hermanastros, seres despreciables que afligieron también a Vanessa, su cómplice y tierna hermana.

Sus obras, monológicas, introspectivas, antilineales (utilizaba la técnica del flash back) y poéticas, imbuidas del espíritu Bergsoniano, freudiano y Proustiano, escritos en aquella diminuta máquina de escribir (“El cuarto de Jacob”, 1922; “La señora Dalloway”, 1925; “El faro”, 1927; “Una habitación propia”, 1929; “Las Olas”, 1931; “Tres guineas”, 1938; “Entre actos”, 1941”), se convirtieron en una actividad catártica (“cure writing”) que alimentaron la prosa y los febriles sueños de escritores y traductores de su época tales como el escritor irlandés James Joyce (“Ulises”, 1922) y el argentino Jorge Luis Borges. Bloomsbury será su fuga lectoescritural y liberará, a su vez, su mundo parafílico de toda vergüenza y culpa con la complicidad oportunista de su esposo Leonard. Allí conocerá también a Violet Dickinson y a Madge Vaughn, esta última, inspiradora de su célebre personaje: la señora Dalloway.    

Recordemos algunos sortilegios de su mágica escritura: “La memoria es una caprichosa costurera que mete y saca su aguja, de arriba abajo, de acá para allá… Con ella Ignoramos lo que viene enseguida o lo que vendrá después… Somos siluetas recortadas, hueros fantasmas que se mueven en la niebla sin perspectiva alguna… Todo es efímero como el arco iris… Nuestra vida está llena de incertidumbres. Somos ciegos que revoloteamos en el vacío en busca de un mundo mejor cuya existencia tan solo suponemos…   No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedan imponer a nuestra mente libertaria… Los ojos de los otros son nuestras prisiones; sus pensamientos, nuestras jaulas… La vida es un halo luminoso, un envoltorio semitransparente que nos rodea desde el principio de la conciencia hasta el final…Lo más liberador es que te gusten tus imperfecciones”.

Nacida en una época machista e intolerante, Virginia era única en lo que hacía. Con su enorme capacidad de resiliencia y su increíble talento luchó, “a fuerza de pluma”, por conseguir un espacio en el mundo literario; se deshizo de todos los prejuicios morales y literarios al igual que de la narrativa realista de su época ofreciéndonos “una manera muy personal de expresarse, fusionando la poesía con la narrativa y creando un estilo nunca antes presenciado” (Camila Santos, revista “Tundra”). En su autobiografía, Leonard Woolf evocó la muerte de su esposa quien 29 años atrás, le confesó no sentir atracción física alguna por él. Aun así, la amó “a su manera”: “Había dos grandes olmos con ramas entrelazadas a los que siempre llamamos y conocimos como Leonardo y Virginia. A comienzos de 1943, de manera premonitoria, un gran temporal echó por tierra uno de esos corpulentos arbustos”. 

*gonzalohugova@hotmail.com

 
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