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LAS ARTES

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Sócrates y las trampas de la historia
Publicado 07/01/2018

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Este hombre mítico irrumpe en la escena política y filosófica ateniense con su estatura pequeña y su figura encorvada, achaparrada y barrigona; con su rostro aplastado, su frente calva y su cabellera desarreglada; su nariz respingona y sus ojos saltones y camaleónicos… Un “sileno”, apodo que recibió de su amoroso discípulo Alcibiades al compararlo con los seguidores ebrios y lascivos de Dionisio… Un “iluso y hambriento personaje” descrito en “Las nubes” por el comediógrafo Aristófanes, su detractor, con pies rugosos y descalzos, capa raída y ropa sucia, rostro demacrado, tez pálida y mirada fija y provocadora; …Una fea figura que se contrapone a los ideales fisiognómicos y al paradigma griego ético-estético de aquellos tiempos (kagolakagathia).


Muchos se preguntan cómo este hombre de clase media que vivía de una renta heredada de su padre Sofronisco, administrada por su rico amigo Eutifrón y perdida tras la guerra, situación que lleva al sofista Antifón a llamarlo “maestro de miserias” … Cómo un discreto soldado, así Platón lo hubiera descrito unas veces como un hoplita que no temía al peligro, insensible a la fatiga, al frío y al calor y otras, como un excelente estratega militar que llevó al general Laques a exagerar afirmando que si todos los ciudadanos hubiesen sido como él en las campañas de Potidea, Antípolis y Delión, Atenas no hubiera conocido derrota alguna… Cómo tan modestas circunstancias convierten al más célebre ágrafo de la historia (sólo compuso un poema en honor a Apolo y una fábula esópica, según su biógrafo Diógenes Laercio), en un personaje que revolucionó la filosofía y la vida política de su época.


Se ha escrito demasiado sobre su controversial juicio que concluye con la condena a beber la cicuta. Lejos de pérfidas invectivas y almibaradas apologías, nos dedicaremos a escudriñar en los entrecejos sociopolíticos de aquella época que terminaron, unos denunciando la impostura y el engaño y otros, mitificando la figura de Sócrates hasta tal punto que llegaron a considerarlo un ícono de la vida virtuosa y perfecta (Epícteto, Orígenes y Al-Razi). Platón y sus aristocráticos discípulos de Megara, los estoicos dignos ejemplares de la decadente cultura griega y los romano-agustinianos, voceros de los intereses feudales y absolutistas, inmortalizaron su decrépita figura y su fingido culto al desapego. Clemente de Alejandría perfiló la imagen de un Sócrates Cristiano que llevará al renacentista Erasmo de Rotterdam a proclamar su oración, convertida en sátira por otros: “Sancte Sócrates ora pro nobis”.

No era delito

El ateísmo o impiedad, contrario a lo que se cree, no estaba tipificado en la ley ateniense como delito. Sócrates no pudo haber sido condenado por ateo o impío y es improbable que alguien lo haya sido por sostener ideas religiosas, filosóficas o políticas contrarias a las del grueso de la población ateniense como fueron los casos de Anaxágoras, Protágoras y Eurípides. Surge entonces una pregunta: ¿por qué Atenas que no era una ciudad-estado autoritaria, represiva, intolerante y oscurantista, pudo haber llevado a la pena capital a un ciudadano virtuoso como Sócrates? La leyenda de un filósofo presa de un destino execrable, mártir de la libertad, obediente a las ingratas normas de la polis ateniense, víctima de leyes injustas y jueces ignorantes y corruptos, sobrevivió hasta finales de la década de 1980 a manos de los que siempre despreciaron o manipularon los ideales democráticos griegos.


Isidor Feinstein Stone, un periodista iconoclasta estadounidense reconstruye semejante juicio irregular y nos muestra otra versión, la de un hombre que se puso de lado de quienes no creían en la libertad, la igualdad, ni en la democracia de su ciudad. En la “Apología de Sócrates”, brillante pieza literaria de Platón a juicio de muchos estudiosos, no aporta prueba alguna sobre la inocencia de Sócrates y una real absolución, pero sí arroja luces sobre las acusaciones de que es objeto el protagonista de sus obras y su ulterior y polémica sentencia. Comienza el reo, al asumir su propia defensa, en un acto de soberbia presunción, declarándose “el más sabio” de los atenienses según lo dicho por la maga Pitya a su amigo Querefón quien ya había muerto. Semejante prueba en versión de un hermano suyo, lógicamente no podía ser tenida en cuenta por el jurado.


Según el escrito platónico, cuatro fueron las acusaciones contra el filósofo: investigar sobre el cielo y la tierra, enseñar a los jóvenes a torcer argumentos haciendo aparecer el error como verdad, no creer en los dioses de la ciudad e introducir dioses nuevos. La primera acusación relacionada con el retórico cargo de impiedad era imposible de aceptar: las tesis de los filósofos jónicos y naturalistas (Tales de Mileto, Anaximandro y otros), ajenas a la teología griega de aquel entonces, eran de obligatoria consulta en aquella época. La de “corromper” la juventud a base de falacias es probable: sus núbiles discípulos terminaban por aceptar a través de su método pedagógico, puntos de vista que, en materia política, eran contrarios a las hegemónicas ideas político-partidistas predominantes. Una acusación relevante en el juicio, fue aquella que afirmaba la no creencia de Sócrates en los dioses de la ciudad.

Asunto político
Ha quedado claro ante muchos estudiosos del tema que el asunto no era teológico sino político. Sócrates creía en el alma y la trascendencia del ser, en un Daimon y las deidades del panteón griego invocadas de manera recurrente. Los dioses exclusivos de Atenas eran Peitho (persuasión en griego) inspiradora de la ciudadanía, el respeto y la igualdad ante la ley y Zeus Agoraios, el dios padre del ágora y la deidad protectora del régimen ateniense. Los demás dioses eran comunes a todos los atenienses. Al acusarlo de no aceptar los “dioses de la ciudad”, se deducía el hecho de que éste no creía en la democracia y en el régimen que la detentaba. Sin embargo, un ciudadano ateniense no era condenado por no simpatizar con el régimen político de Atenas… Debió haberse tipificado un delito de acuerdo con la normatividad penal atenienses y sobre la cual se fundamentara tan grave acusación.


La explicación puede encontrarse en los amigos de Sócrates defensores del antiguo régimen cruel y genocida conocido como “la Tiranía de los Treinta”, en especial Critias, Carmides y Alcibiades, seres oligarcas, ambiciosos y corruptos, discípulos de Sócrates, malqueridos por muchos ciudadanos atenienses que acababan de vivir los horrores de la peste, las guerras del Peloponeso y la odiosa sujeción espartana y defendían a muerte su gobierno democrático y constitucional. Si el filósofo hubiese manifestado su horror y descontento frente al régimen dictatorial de Critias, el juicio no se hubiera realizado nunca. Sócrates, preso de su liviandad política y su actitud omisiva frente a la ominosa y represiva figura del tirano Critias, defendió al autócrata en el capítulo V de “La República” de Platón, a través de un desafortunado sofisma, figura discursiva que tanto combatió.



No se conoce ninguna actuación de Sócrates que atenuara las graves acusaciones proferidas contra él durante los 48 meses transcurridos entre la caída de Critias y el juicio. A pesar de su actitud pretendida, extraña y obsecuente de  someterse a los dictados de la divinidad y su postura desdeñosa, soberbia y desafiante hacia los miembros del jurado, se conjetura, lejos de los juicios posteriores y amañados de Platón y Jenofonte, que el filósofo pudo haberse salvado de la pena capital. En su defensa pudo haber propuesto, como era costumbre, una pena alternativa tal como el exilio, pero en cambio, burlonamente propuso el pago de “30 minas”, suma que se pagaba en aquel entonces por una leve infracción y ser llevado a vivir al Pritaneo, lugar donde residían los arcontes, huéspedes ilustres y magistrados del tribunal. Los historiadores cuentan que se vivían tiempos de consensos y de restauración política.


Entre los 501 miembros del tribunal, el acusado gozaba de cierta simpatía y popularidad. Prueba de ello fueron los 220 votos que obtuvo a su favor (sólo faltaron 31 para su absolución). Era claro que sus perspicaces acusadores no buscaban la ejecución del filósofo. Su condición de hombre eptagenario; sus defensores convertidos luego en detractores del gobierno; el hecho de que los partidarios de la tiranía se erigieran como mensajeros de los dioses socráticos: el Daimon que le hablaba al oído al filósofo y “el dios que reside en Delfos” que lo ungió como el más sabio entre los atenienses… Todo ello hacía prever las consecuencias que traería para el nuevo y debilitado régimen la ejecución de la pena mortal. Por demás, Sócrates abrigaba la esperanza de hacer realidad en el gobierno despótico de Critias su utópica, excluyente y aristocrática tesis política: los reyes-filósofos en el poder.


El tribunal fue víctima de su propio sistema tolerante y garantista. La posibilidad de elegir solamente entre la pena propuesta por el acusador y la propuesta por el acusado fue hecha norma para evitar abusos judiciales en la vida procesal penal. Los jueces cayeron en la trampa quedando la sentencia en firme y el acusado ejecutado días después. Sócrates, un anciano preso de una enfermedad terminal, frustrado en su fallida revolución política, filosófica y moral, buscó morir como hombre público llevándose a la tumba el secreto de su mortal decisión. Algunos hablan de un “suicidio inducido” que en vida condenó como actitud dolosa entre “la gente común”, pero no entre los filósofos. En el “Fedón”, Sócrates invita a su discípulo Evenus, ungido como filósofo, a unirse a él en su muerte y declara que “un hombre debe <matarse> si así lo desean los dioses, como ahora ocurre conmigo”.
Morir fue su elección, no la de otros. Sócrates pues, muere en los ardides de su propia ley.

 
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