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LAS ARTES

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Huellas en la Academia Colombiana de la Lengua
Publicado 17/06/2018

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

En Marsella, mi bello pueblo de infancia situado en el corazón del Eje Cafetero, oí hablar por primera vez sobre la Academia Colombiana de la Lengua.
Fue acaso en los labios de mi abuelo Felipe, tan buen lector (un mal de familia, pues era pariente de Ñito Restrepo); o en la escuela, cuyos actos culturales se engalanaban con algún declamador de poemas populares, importado “de la capital”, y sobre todo en los cursos de literatura, mi clase preferida, por la que alguna vez recibí, dizque en reconocimiento al mejor estudiante, un premio maravilloso: El Parnaso Colombiano, libro donde varios de nuestros mayores poetas figuraban como miembros de esa noble institución.

De Pereira a Bogotá
Años más tarde, en Pereira, cuando ya cursaba bachillerato y me preciaba de ser un imberbe intelectual que dirigía el centro literario y el periódico del colegio, compartí escenario -¡como poeta!- con un ilustre coterráneo, Óscar Echeverri Mejía, quien era miembro, según se proclamaba a cuatro vientos, de la Academia Colombiana de la Lengua. ¡No podía creerlo! ¡Era como estar al lado de Dios, nada menos!


Después en Manizales, consagrado a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas mientras fungía en “La Patria” como director del suplemento literario y subdirector del periódico, podía exhibirme con orgullo al lado de varios académicos: Jaime Sanín Echeverri, con quien me senté a manteles tras una conferencia suya sobre literatura colombiana; Juan Gustavo Cobo Borda, amigo desde entonces, y Otto Morales Benítez, cuyo estímulo fue decisivo en aquella incipiente carrera literaria.


Y ni se diga cuando llegué a Bogotá, en los albores de los años ochenta, al toparme con esta espléndida edificación, donde se levanta, a su entrada, la imponente estatua de Miguel Antonio Caro, uno de los fundadores de la Academia. Tan grata impresión inicial es la que también, con seguridad, cualquiera de ustedes conserva todavía.


Luego tuve la dicha, gracias a la generosidad del Gran  Otto, de asistir a algunas de las solemnes ceremonias en su deslumbrante Paraninfo, como cuando el escritor mexicano Leopoldo Zea dictó su cátedra magistral sobre la urgente necesidad de elaborar una auténtica filosofía latinoamericana.


Con el paso del tiempo, en mi condición de director del diario La República, asistí acá a diversas actividades académicas (entre las que recuerdo, de manera especial, los actos de posesión de dos de mis más queridos maestros: José Consuegra Higgins y Héctor Ocampo Marín), y finalmente, vinculado a la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN), en este mismo sitio se presentaron tres de mis libros: Jaime Sanín Echeverri: Un humanista integral, Jaime Posada: El poder de las ideas y Tras las huellas de Morin…


Dichos antecedentes habrán influido en algo para que el historiador Antonio Cacua Prada (con ayuda divina, según creo) osara postular mi nombre como miembro correspondiente, título que en este momento poseo, a mucho honor. Es el mayor honor de mi vida, sin duda.

Primeros escritos
Tan pronto fui elegido en la Academia, y aún antes de posesionarme, comencé a asistir cual si fuera uno de sus integrantes. No era para menos: un viejo sueño se hizo realidad, sin haber hecho nada para conseguirlo. E iba tomando notas en cada sesión, como es usual entre quienes nos hemos ganado el pan de cada día, ejerciendo “el oficio más bello del mundo”.


Todavía era periodista (por cierto, nunca dejo de serlo). Entonces dirigía en Barranquilla, en la Universidad Simón Bolívar, la prestigiosa revista “Desarrollo Indoamericano” que hace medio siglo fundara Consuegra Higgins con el propósito de formular y promover una teoría propia del desarrollo económico y social en América Latina.


Fue así como participé en la inauguración de la Sala Otto Morales Benítez, nueva sede del Instituto para el Humanismo Social, donde Belisario Betancur recordó su época de humilde estudiante universitario en Medellín, cuando el famoso riosuceño, como director del suplemento “Generación” del diario El Colombiano, le tendió la mano para aliviar su pobreza.


“Los colombianos -dijo el ex mandatario, miembro honorario de esta institución- tenemos una deuda con Morales Benítez, que aún no pagamos: ¡No lo hicimos presidente de la República!”. Y agregó con nostalgia: “¡Qué gran presidente hubiera sido!”.


De Otto, a propósito, al cumplirse en 2016 el primer aniversario de su muerte que coincidía con los 400 años de la del Inca Garcilaso de la Vega, su hijo Olympo, desde la silla S que meses antes ocupaba su padre como miembro de número, leyó apartes de su obra sobre el Inca y la independencia de las Américas, donde el justo reclamo por la identidad cultural de nuestros pueblos volvió a hacer acto de presencia.


Y al cumplirse también cuatro siglos de la muerte de Shakespeare, Cristina Maya desentrañó una vez más, guiada por el especialista Harold Bloom, el profundo significado de Hamlet, personaje emblemático de la literatura universal que encarna, como ningún otro, la conciencia moral del hombre frente al terrible flagelo de la corrupción en el ejercicio del poder.


Yo, por mi parte, no me quedé por fuera: al posesionarme, en agosto de 2016, como individuo correspondiente, abordé en mi disertación académica los versos populares, románticos y humorísticos, del “Poeta de La Ruana”, Luis Carlos González, que concluí con las siguientes palabras: “Hay que volver la mirada a los grandes escritores nacionales que se hunden cada vez más en el olvido, obviamente en nombre de la identidad cultural, de esa cultura propia, con profundas raíces históricas, a la que consagraron sus vidas miembros ilustres de esta academia, ante cuyo recuerdo permanente nunca podremos eludir tal compromiso”.


Esos informes aparecieron en la siguiente edición (y última que yo dirigí) de Desarrollo Indoamericano, bajo el título: De paso por la Academia Colombiana de la Lengua, que fue el inicio, sin saberlo, de mi nuevo libro -Huellas en la Academia-, donde he pretendido seguir los pasos que esta institución, con casi 150 años encima, viene dando todavía para bien de la cultura nacional.

Encuentros literarios
Así empecé a conocer su historia más que centenaria, pero también su sede, este magnífico edificio de estilo neoclásico, a través de sus jardines, la sala de recepciones y el Paraninfo con los extraordinarios murales del maestro Luis Alberto Acuña, estatuas y bustos de notables pensadores, la Biblioteca Antonio Gómez Restrepo, un verdadero tesoro de joyas bibliográficas, y tantos salones y oficinas que nos hablan, en silencio y entre sombras, de un glorioso pasado al que no debemos permitirle que se aleje y desaparezca.


En gran medida, fue como el regreso a mis años juveniles, cuando la literatura era todo en mi vida, con noches de desvelo, soñando con un libro en la mano mientras pulía versos y preparaba algún ensayo literario que publicaba en La Patria de Manizales, por donde cruza el meridiano intelectual de Colombia.


Volví, pues, a pasear por la ruta de Don Quijote (otra vez de la mano de Eduardo Caballero Calderón en su memorable Breviario), con la agradable compañía de su progenitor, don Miguel de Cervantes Saavedra, convertido hoy, más allá de ser el padre de la lengua castellana, en padre de la novela moderna, sin olvidar la importancia de sus obras de teatro.


De pie ante el mural de Acuña -“Apoteosis de la Lengua”-, o sea, de su pintoresco mosaico con personajes estelares de la literatura en idioma español (el Cid Campeador, la Celestina, Martín Fierro, Arturo Cova…), tuve un breve encuentro con Lautaro y Caupolicán, sacados de La Araucana, para narrar su trágica historia en la lucha heroica por la libertad de nuestros pueblos.


Y al conmemorar, en 2017, el sesquicentenario de la publicación de María, nuestra inmortal novela romántica, logré develar, con la visión superior que solo los años pueden dar, la dimensión religiosa que brota de sus páginas, signadas por una honda espiritualidad que expresa, con sentimientos cristianos, el amor auténtico, limpio, sincero, que nos acerca a Dios.

Me regodeé, además, con el Inca Garcilaso de la Vega, “primer historiador nacido en el Nuevo Mundo”; con sor Josefa del Castillo y Guevara, nuestra  gran poetisa mística, a quien en mi infancia me acercaba con temor ante los gruesos volúmenes de sus Obras completas publicadas por el Banco de la República, y con el inolvidable Julio Flórez, cuyos versos aún nos estremecen como cuando era considerado el mayor poeta de América, superior a Darío.


Hablé asimismo con Rodó y su vocero literario, el profesor Ariel, que aún nos lanza enérgicas diatribas contra el materialismo en boga, traído del Norte; con Miguel de Unamuno, enfrentado a Rubén Darío en Madrid, disputa en la que interviniera Valle-Inclán; con Azorín y toda la Generación del 98 a cuestas, y con Luis Carlos González, de quien conservo un soneto inédito, guardado a escondidas en su Asilo de versos, una reliquia de la poesía popular colombiana.
Ello fue posible, claro está, por las históricas disertaciones, en este Paraninfo y la sala contigua en honor a José María Vergara y Vergara, de varios académicos actuales.

Epílogo

¿Cómo no hacer un sentido aunque modesto homenaje a tales personajes, merecedores de él como pocos? ¿Y cómo no seguir sus huellas, evitando a toda costa que se borren y perdamos el camino que nos lleva a la máxima realización personal que es la de estar al servicio del país, con las manos limpias y la conciencia tranquila?


¿Cómo no hacer eco a sus palabras, a sus páginas que en ocasiones son cubiertas por el polvo, y cómo no recordarlos en lugar de echarlos al olvido, algo tan común en un país que quisiera, por momentos, aniquilar su historia? ¿Cómo no admirar, con respeto, su tarea, honorables académicos de ayer y de hoy?


¿Cómo, por último, no inclinarse ante la Academia Colombiana de la Lengua, donde a diario nos hacen un llamado a la sabiduría y la verdad, a la belleza y el arte, figuras preclaras como Platón y Homero, el rey David y Sófocles, Cicerón y Horacio, Virgilio y san Agustín, Dante y Shakespeare, Goethe y, en el centro de todos, Jesús de Nazaret?


¿Y cómo no rendirse ante esta venerable institución que en poco tiempo cumplirá 150 años de vida, habiendo sido la primera de su género en América, solo precedida por la Real Academia Española en el mundo de habla hispana? ¿Cómo no aplaudir, con entusiasmo, a nuestra Academia Colombiana que, al decir de su nombre, es de todos los colombianos? ¿Cómo no hacerlo?
(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. (Presentación de mi libro “Huellas en la Academia”, acto que se realizó el 21 de mayo en el Paraninfo de la Academia Colombiana de la Lengua)

 
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