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Hellen Keller, el milagro de Alabama
Publicado 10/06/2018

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

La urna funeraria fue llevada a la capilla de St Joseph de Arimathea en la Catedral de Washington D.C. ese día de junio de 1968 -hace 50 años-, al lado donde reposaban los restos de su inseparable amiga Anne. Allí, hay una placa de bronce con una inscripción en Braille:”Helen Keller y su incansable compañera Anne Sullivan Macy están enterradas en la columna detrás de la capilla”. Fue de esta forma cómo se rubricó el más bello testimonio de amistad entre dos mujeres, precedido por la sorprendente etopeya pedagógica jamás vivida y el compromiso político y social memorable asumido por un ser sordo y ciego en favor de sus hermanos vulnerables, víctimas de una sociedad discapacitada moralmente para aceptarlos y minusválida desde el punto de vista axiológico para comprenderlos.

A sus 24 años se graduaba “cum laude” en el Instituto Radcliffe de la Universidad de Harvard. Anne prestó sus ojos hasta casi perderlos para ayudarle a avizorar aquel largo viaje curricular que emprendería. Traduciría así, cada señal del sinuoso trayecto académico y vivencial a través del mágico abecedario de sus manos. Su férrea voluntad se nutrió al enjugar la pócima revitalizante y tierna brindada por su entrañable compañera con la cual sació su sed cósmica y conjuró la mudez espectral que cruelmente la sumía en un mundo de tinieblas y silencios. Fueron los sortilegios de la lengua señante los que exorcizaron su alma atormentada convirtiéndola en un ser carismático y una oradora famosa que le contaría al mundo su testimonio resiliente al servicio de los discapacitados sensoriales del mundo.

Fue así como se fundó la Organización Internacional que lleva su nombre para la prevención de la ceguera y su mensaje de esperanza y sanación difundido a través de sus viajes por más cuarenta países en compañía de su maestra y amiga. Además de su compromiso con el mundo de la excepcionalidad, Hellen optó por la causa de los trabajadores al hacerse militante del Partido Socialista en 1909. (“He visitado talleres y fábricas donde se explota al obrero, lugares apestosos que no podía ver pero sí oler”). Los que elogiaron su valor e inteligencia, ahora lanzaban invectivas contra una dama “incapacitada y vulnerable”, propensa a “los errores que surgieron producto de las manifiestas limitaciones de su evidente desarrollo personal”, como lo anotaba aquel editor de marras.

La respuesta filípica y memorable no se hizo esperar: “En ese tiempo sus cumplidos eran tan generosos que me sonrojo al recordarlos. Pero ahora que apoyo al Socialismo, me recuerda a mí y al público que soy ciega y sorda y especialmente responsable de mis errores. Debo haberme empequeñecido en inteligencia desde que lo conocí... ¡Hombre ridículo! Un individuo socialmente sordo y ciego que defiende un sistema intolerable y causante de gran parte de la ceguera y sordera que nosotros tratamos de prevenir”. Se hicieron famosos sus panegíricos anarcosindicalistas a través de los cuales atacaba “el egoísmo y la avaricia de los patrones” y “la pobreza que lleva a una vida de vergüenza que termina en la ceguera social” (“Por qué me convertí en una trabajadora industrial del Mundo”).

Aquellas alocuciones registraron su militancia en la IWW (Industrial Workers of The Word), por los años veinte, cuando también nuestra María Cano arengaba a la clase trabajadora colombiana con sus proclamas revolucionarias.  Sus simpatías con La Revolución Rusa de 1917 y el hecho de haber sido una de las fundadoras de la “Unión Americana de Libertades Civiles”, hicieron a la invidente “altamente sospechosa” ante los ojos del FBI. Aun así, jefes de Estado y políticos de toda laya no dejaron de rendirle tributo; los reyes de Inglaterra Grover Cleveland y John F. Kennedy, entre otros, apretaron y besaron sus manos. En 1964 el Presidente Lyndon B. Johnson la galardonó con la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor estadounidense concedido a un ciudadano.

Un año después (1965), era ungida en el Hall de la Fama de Nueva York. A través de sus dedos pudo conocer la voz del tenor italiano Enrico Caruso. El cantante de ópera ruso Fiódor Chaliapin le cantó la “canción de los bateros del Volga” y el violinista lituano Jascha Herfels tocó para ella sus brillantes melodías colocando el instrumento musical sobre su rostro. Con Charles Chaplin, “el gran Charlot”, compartió su lúdica política y con el escritor estadounidense Mark Twain sus finas y fascinantes ironías. Su historia personal anterior a 1904 ya es conocida por todos: su nacimiento feliz en un pueblo de Alabama en 1880; la epidemia de rubeola que la aparta del mundo a los 19 meses de nacida y la encierra en la oscura prisión de lo inefable; la soledad, la incomprensión y el desprecio familiar…

La depresión y la angustia agresiva la acompañarán durante su niñez como respuesta al mundo oprobioso y excluyente de aquella escrupulosa e hipócrita sociedad que la consideraba “un monstruo”. Luego vendría la ayuda brindada por el inventor Alexander Graham Bell que impulsó el método de Louis Braille a través del cual Hellen aprendió a leer francés, alemán, griego, y latín; el providencial encuentro con Anne Sullivan en 1887 y las bellas metáforas que acompañarán a las dos amigas y hermanas en el servicio durante 49 años: el descubrimiento de la palabra “agua”, la fragancia de la madreselva que siempre perfumó aquella soledad compartida  y la magia vibratoria y prestigitadora del método Kadoma en las manos de su inseparable compañera.

Muchos recordarán la llegada al Instituto Perkins para sordos (1888) y a la Escuela Wright Humason para ciegos de Nueva York (1894); el escandaloso ingreso a la escuela de señoritas de Cambridge (1896) y su matrícula como estudiante regular en la Universidad de Radcliffe en 1900. El 28 de junio de 1904 los periódicos registraban una noticia que sorprendía a todos: la Universidad de Radcliffe incluía por primera vez a una sordociega en su exigente mosaico de graduación. Faltó incluir en esta apretada semblanza, sus 11 obras (“La historia de mi vida”), una obra de teatro (“La trabajadora milagrosa”) y una película que obtuvo dos Óscares de la Academia. La administración Carter decretó en 1980 que el 27 de junio, día de su nacimiento, llevaría a partir de allí su nombre.

En una de sus alocuciones se escuchó su voz amenazante y exhortativa: “La noche de la ignorancia y de la insensibilidad es la única tiniebla impenetrable… La gente tiene que aprender que un ciego no es un genio, pero tampoco es un idiota. Tiene una mente que puede ser educada, y una mano que puede ser entrenada, tiene ambiciones y sueños que pueden ser realizados”. Sus frases llenas de optimismo y esperanza siguen iluminando esa vía oscura y dolorosa por donde transitan los mal llamados “discapacitados” y obnubila a todos aquellos que siguen sin comprender que las fatuidades iridiscentes de una sociedad como la nuestra son las que ciertamente enceguecen y que las voces estentóreas de aquellos mercaderes de la banalidad, son las que realmente ensordecen.

“Cuando se cierra una puerta a la felicidad, se abre otra; pero a menudo nos quedamos tanto tiempo mirando la puerta cerrada que no vemos la que se nos ha abierto… Ningún pesimista descubrió jamás los secretos de las estrellas, ni navegó hasta una tierra ignota, ni abrió nuevos horizontes para el espíritu humano… Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no veras sombra alguna… La seguridad no es más que un prejuicio o una superstición. La vida es una arriesgada aventura o no es nada… No volver la espalda al cambio y conducirnos como espíritus libres en presencia del destino es una fortaleza imbatible… Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros… El mundo está colmado de sufrimiento, pero también de muchas maneras de afrontarlo y superarlo”.

Testimonio de respeto y admiración por el trabajo profesional, pedagógico y humanista que adelanta la Institución CINDES en favor de la Educación Especial.

 
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