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LAS ARTES

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El padre Juan Herrera y el “Obispo” Mario Elías Gartner
Publicado 21/10/2018

Alfredo Cardona Tobón

Al empezar el año 1914 el padre Juan Herrera Buitrago salió de Ansermaviejo y apurando la mula tomó el camino polvoriento de Mismís que los llevó hasta el caserío de San Clemente.
Al llegar al alto dio de beber a la bestia y luego se descolgó hasta la base del cerro Opiramá. En este recorrido el sacerdote repasó las huellas del científico Juan Bautista Boussingault y por la tierra de los antiguos tamaracas, o demonios de los nativos de Anserma, cruzó la quebrada La Maldecida y se adentró en un destino que solamente Dios conocía.
Con un peón de estribo como acompañante, el padre Herrera pasó por Currumbí y Murrapal y siguiendo una trocha llegaron al portalón de la casa cural situada en la esquina sureste de la plaza de Quinchía. Al contrario de las fundaciones paisas donde recibían a sus curas con arcos y con flores, al padre Herrera lo esperaban solamente unas ancianas adoratrices y el padre Anselmo Estrada, el viejo cuidandero de almas que durante varios años había atendido a los ariscos quinchieños.


Juan Herrera había nacido en junio de 1883 en Santa Rosa de Cabal en medio de una familia que veía a los liberales como la encarnación del diablo; con apenas 31 años de edad le faltaba experiencia para enfrentarse a la extensa parroquia, que para el Obispo Nacianceno Hoyos era un nido protestante y para los dirigentes manizaleños, un enclave de caucanos anticlericales.
Cuenta Teófilo Cataño en uno de sus periódicos escritos a mano, que una bandada de pájaros negros cruzó el firmamento y una racha de viento caliente sopló desde el cerro Batero al cruzar el padre Herrera el zaguán de la Casa Cural. No se imaginaba el joven sacerdote que se estaba metiendo en la boca del lobo, pues sus intenciones más íntimas eran llevar a los Aricapa y Guarumo, a los Guapacha y Tapasco a los abrevaderos del conservatismo.

 

EL “OBISPO” GARTNER
Mientras aumentaba la presencia paisa en el municipio, se levantaba una generación ilustrada en las aulas del colegio San Agustín fundado por el sacerdote Marco Antonio Tobón Tobón, un antioqueño alejado del altar a causa de sus tendencias modernistas y liberales.¡Es un antro de masones! -tronaba el padre Herrera desde el púlpito al referirse al colegio, mientras anatemizaba a los promotores de la carretera, que según el levita ponía en riesgo la virtud de las doncellas quinchieñas.


En el año 1920, el “Centro Ariel” fue la trinchera contra las pretensiones partidistas del padre Herrera; allí afilaron su pluma José Trejos, Emilio García, Diosdado Medina, Luis Eduardo Cataño, Emilio Osorio de la Cuesta, Rafael Gironza y Mario Elías Gartner Gómez. Por su parte, Emilio Osorio de la Cuesta editaba el periódico “Flecha Roja” que fue un botafuego del liberalismo regional durante el ocaso del régimen nuñista.
El padre Herrera no se cruzó de brazos ante la arremetida liberal y para neutralizar a “Flecha Roja” apoyó la aparición de “Justicia”, un periódico dirigido por Francisco Betancur, el sacristán de la parroquia.


Las posiciones entre la iglesia y el liberalismo quinchieño acabaron de radicalizarse el día que el juez Mario Elías Gartner Gómez casó a Juan de Dios Trejos con la dama María Mercedes Taborda; ese 16 de diciembre de 1922 fue el primer matrimonio civil en Quinchía y una afrenta para el padre Herrera quien de inmediato lo demandó ante las autoridades civiles. Semanas después, el juez Gartner unió por lo civil a 23 parejas de campesinos protestantes; el padre Herrera lanzó rayos y centellas sobre el juez Mario Elías a quien llamaba irónicamente “el Obispo Gartner” por su intromisión en los asuntos eclesiásticos.


El conflicto entre el poder civil y el poder eclesiástico en Quinchía se extendió a los cementerios, pues ante la amenaza de sepultar a protestantes y lideres liberales en el llamado “muladar” contiguo al Campo Santo, los disidentes organizaron cementerios en diferentes veredas del municipio. La tensa situación aflojó con la visita del Obispo Nacianceno Hoyos a la parroquia.
El padre Marco Antonio Tobón, antiguo condiscípulo de alto jerarca puso en pie al campesinado y entre arcos de flores recibió al obispo; raudales de gente humilde llenaron el camino entre Bonafont y el casco urbano de Quinchía para rendir tributo al ilustre visitante y a los centenares de jinetes que lo acompañaron a lo largo del recorrido.


Al triunfar el liberalismo en las elecciones de 1930 el gobernador de Caldas, Emilio Latorre, nombró a Mario Antonio Montoya como alcalde de Quinchía y de secretario a Marío Elias Gartner. Montoya era un excoronel liberal de la Guerra de los Mil Días, de escaso roce social y pocas luces; por su parte, Gartner era un joven lleno de inquietudes y ambiciones que ejerció el poder detrás de la figura del opaco alcalde. A partir de entonces la generación levantada en las aulas de los colegios establecidos por el padre Tobón en Santuario y en Quinchía fue la avanzada del liberalismo en el occidente caldense, donde encontró la oposición de los sacerdotes Ramírez en Belén, Jesús María Idárraga en Balboa y el padre Juan Herrera en Quinchía, quienes no se resignaron al cambio de poder y como sucedió con los “curas guapos” de Boyacá y los Santanderes crearon graves problemas de orden público en la región.

 

PROBLEMAS DE TODO TIPO
Por Ordenanza No. 32 del 24 de abril de 1932 el departamento de Caldas elevó a Quinchía como cabecera del municipio de Nazareth, lo que deterioró peligrosamente las relaciones de Quinchía con Guática y San Clemente que quedaron como corregimientos. Por esa época numerosas familias del antiguo sur de Antioquia se desplazaron hacia Quinchía: llegaron los Bernal de Filadelfia, los Quebrada de San Bartolo, los Palacio y los Grajales de Caramanta, los Quintero de Heliconia, los Uribe de Támesis y también Laura Álvarez, alias “La Copetona”, que junto con Sixta Tulia López salió de la población de Andes para instalar el primer burdel en la aldea del Batero.


Las familias de tendencias conservadoras se radicaron en las veredas de la tierra fría mientras las liberales se ubicaron en el resto del territorio.
Los conflictos entre los Gartner y el clero de la región se extendieron en todos los campos: a Mario Elías y sus hermanos les negaron el bautismo hasta que un cura benevolente cristianó a los muchachitos en presencia de David Cataño y sus guerrilleros; hubo necesidad de una orden del Nuncio Apóstolico para que unieran en matrimonio católico a Carlos Eugenio Gartner con Evangelina de la Cuesta y ante los desaires de los curas riosuceños, la familia Gartner se vio obligada a construir su propio cementerio en cercanías a Riosucio.

 

Los encuentros del padre Herrera con el “Obispo Mario Elías” podrían parecer folclóricos, pero no lo son; pues hacen parte de una historia que se replicó por toda Colombia durante más de un siglo, dando origen a numerosas guerras que desangraron un país que pese a todo lo sucedido no ha podido salir del oscurantismo.
* http://www.historiayregion.blogspot.com

 
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