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LAS ARTES

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Cuentos del mar, No había otro mundo para ella
Publicado 19/08/2018

Oscar Seidel
La anciana Carmen lo notó cuando bajó por la escalera que la conducía al primer piso, vio que faltaba el último peldaño de madera; no le pareció importante y superó el vacío sin sobresalto. La reconfortó mirar aquel mundo tranquilo que ella misma había labrado: la bodega llena de pescados salados que le llevaban los pescadores, y la canoa varada por años desde que no pudo regresar a la finca.


A los días siguientes, observó que a la escalera le faltaban varios peldaños, y se hacía imposible alcanzar el primer piso. Se alarmó, pensó que era el mar que estaba socavando los cimientos, y decidió quedarse más tiempo acostada en la cama.


Una semana después, Carmen quedó atrapada en el segundo piso al desaparecer por completo la escalera, y la canoa que había quedado anclada en la tierra desde la última vez que fueron a la finca, y al regresar, Antonio que estaba borracho cayó al mar. Jamás pudieron encontrarlo.
Mucho tiempo atrás, Carmen, la joven mulata más apreciada del puerto, que tenía piel canela, ojos verdes, y una dentadura blanca que servía para localizarla en las noches. Era la admiración de todos los hombres, a pesar de estar casada con Antonio, el único que la supo conquistar.    

                                                                          
La casa era hermosa: colgaban coloridas hamacas en la terraza, jaulas de aves tropicales, y adornaban rosas rojas la sala. El camino hacia a la playa estaba cubierto de palmeras, y empedrado con rocas y caracolas molidas, que le daban consistencia para que la espuma de las olas no se atravesara hasta el jardín que estaba a espaldas de la casa.


Carmen, nunca tuvo hijos con Antonio, quien atormentado por los celos que le producía ver a la mujer codiciada por los demás hombres, se entregó al alcohol. En el delirio producido por la bebida, Antonio salió al muelle aquella noche junto con sus amigos a esperar al buque fantasma, que recogía a los hombres sinvergüenzas para convertirlos en tripulantes eternos de su periplo por toda la costa. A sus amigos se los llevó el buque fantasma, más a él no.

Fue una situación muy angustiosa para Antonio, cuando Carmen le hizo otra vez reclamo por el comportamiento tan extraño de ir solitario todas las noches al muelle. Al no poder explicar, Antonio se ahogó más en el licor que lo llevó a despreocuparse de la finca, a la que no quiso volver hasta el día que Carmen lo obligó ir a recoger el poco cacao que quedaba para venderlo y conseguir dinero para mantener el hogar. Ese fue el último día que vieron con vida a Antonio. Carmen se encerró. No volvió a salir.                                                        


Cierto día, Carmen se percató que se había desvanecido parte de la azotea, las bisagras de las puertas y ventanas estaban desprendidas, y los tablones del segundo piso dejaban ver unos agujeros enormes por donde entraba la brisa marina; entonces llamó a los vecinas que fueron donde el chamán de la Santería, para que con el tabaco y el pildè, lograra descifrar el misterio de las desapariciones. Éste invocó a los espíritus en su misma lengua. Dio órdenes al pelícano que surcaba los cielos para que le prestara su cuerpo de ave, y desde las alturas poder otear tan extraño suceso. Se hundió en el fondo del océano transformado en tiburón, y fue hasta el infierno marítimo donde estaban las ánimas del buque fantasma. La invocación de los dioses de la Santería, y la metamorfosis, no dieron resultado.          

                             
Carmen decidió asomarse todas las mañanas a la terraza que daba a la playa, porque creía ver un buque flotando y peleando con las olas para llegar hasta ella. Llegó a la conclusión que era Antonio, quien arrimaba silencioso a destruir la casa, y llevarse la madera para terminar de fabricar la embarcación en la que regresaría con sus amigos. Ella no quiso verlo más, y dejó de preocuparse de si la nave surcaba o no en alta mar. Al final, decidió no atormentarse, y que el océano decidiera su suerte.         

                                                                                          
Aquella madrugada, Carmen se asomó con dificultad por la ventana, y vio a Antonio que emergía en medio de una tempestad entre las olas. Los fuertes vientos hicieron que el resto de la casa se derrumbara y la tragara el mar. Desde aquel día la anciana levita en su cama. Fue el último acto de magia del generoso chamán.

 

Devuelta por la ola

Oscar Seidel
La noche que su amado Eulises salió a pescar, la marea estaba baja, y jamás regresó. A Greta la invadió la tristeza, y decidió esperar en la playa para reencontrarse algún día. Se quedó vestida con el mismo traje azul que lucía en la noche de la partida. Cansada de esperar lo que nunca llegó, le pidió al mar que también la llevara.


     Greta creó un mundo delirante por esperar a Eulises. No le fue infiel, y más bien se enamoró con obsesión del fantasma del amado. La tarde que estaba nadando con sus familiares, llegó una fuerte ola y la arrastró. La búsqueda fue inútil, por ningún lado apareció Greta.
     Al poco tiempo, un grupo de marineros que llegaban de la faena de pesca, asustados, comentaron en el muelle que habían escuchado voces mar adentro:


     — ¡Te amo Eulises, te amo de verdad!
     —Siempre tuviste mi amor, Greta.
     —Vámonos de aquí.
     —No puedo.
     — ¿Cómo? ¿No regresarás conmigo?
     —Me voy a casar con Nereida.
     —Tú sabes que te amo y quiero seguir siendo tu mujer.
     — No entiendes—Nereida me tiene embrujado, y no me suelta.
     —Cuál es tu encantamiento?
    —Greta, escúchame— El Señor de los mares, le brindó a Nereida la oportunidad de encontrar el verdadero amor entre los humanos, haciendo bajar la marea para permitirle llegar a la playa, donde me encontró aquella noche, y sometió mi voluntad con su canto. Pero si la búsqueda hubiese fracasado, la marea regresaba y ella quedaba convertida en espuma de mar.


    — ¡Pero me amabas a mí!
    —No pude evitarlo.
    —Preferiste a ese ser, mitad mujer y mitad pez— Dilo, idiota.
    —Vete, por favor.
    —Nadie me va a separar jamás de ti. De ser posible hablo con el mismísimo Señor de los mares.


Después de transcurrido un largo tiempo, los familiares vieron acostado sobre la espuma del mar el cuerpo de una mujer, con la misma ropa que llevaba Greta el día de su desaparición. La levantaron, y con asombro observaron que gozaba de signos vitales, pero no recordaba dónde había permanecido durante aquel tiempo. 

Los familiares no sabían que ella podía vivir hasta 100 años sin adquirir recuerdos. Esa fue la condición que el Señor de los mares le impuso a Nereida, para que encontrara otro amor en el mundo de los humanos, y permitir que Greta después de haber demostrado el gran cariño que sentía por Eulises, se quedara conviviendo con él en el reino de los castillos dorados.


 Para Nereida fue difícil conseguir el hombre que la cautivara. No rememoraba nada, en el puerto la llamaron la loca de la playa. Una noche con marea alta se introdujo a las aguas profundas y se ahogó. Olvidó que era un ser humano.

 
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