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LAS ARTES

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Al rescate del cacique Turmequé
Publicado 14/01/2018

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

¿Cómo se está preparando nuestro país para celebrar en el próximo año el bicentenario de la independencia nacional, cuando nos liberamos, en 1819, del imperio español y nació la república de Colombia? ¿Cómo? Vaya uno a saber.


Lo cierto es que ésta puede ser una excelente oportunidad, única en mucho tiempo, para volver los ojos a nuestra historia, revivir sus momentos estelares, repasar páginas memorables, exaltar a personajes heroicos que deben ser modelos de vida y, sobre todo, ir en busca de nuestra identidad cultural, cuya pérdida es causa fundamental de la grave crisis social a que estamos enfrentados. Al fin y al cabo la crisis de identidad suele ser la raíz de múltiples males en la vida individual y colectiva.


Pero, ¿a qué vienen -se preguntará- tales reflexiones? A la necesidad, sí, de sacar del olvido, ante el significativo acontecimiento histórico que se avecina, a figuras como el Cacique de Turmequé, precursor de los derechos humanos en América como recio defensor de los pueblos indígenas sometidos, poco después de la conquista, en la colonial ciudad de Tunja durante la segunda mitad del siglo XVI.


Veamos pues, a vuelo de pájaro, de quién se trataba, haciendo eco al reciente homenaje que se le brindó en la Academia Colombiana de la Lengua durante la posesión del escritor boyacense Gilberto Abril Rojas como Miembro Correspondiente, una de cuyas novelas -La segunda sangre- nos sirve de guía en la presente nota.

Su nombre era Diego de Torres y Moyachoque. Torres, por su padre, Adelantado español que estuvo encargado del repartimiento de la Encomienda por voluntad real, y Moyachoque, por su madre, una princesa muisca, hija del primer Cacique de Turmequé, a cuya muerte él lo reemplazó por ser su sobrino.


Fue, entonces, mestizo, digno representante de esa nueva raza (mezcla de blanco e indígena a la que luego se sumaría la sangre africana) característica del pueblo americano, especialmente desde México hasta La Patagonia. Un indio noble, sin duda. Por punta y punta: por lo hispano y por lo muisca, nada menos que con el máximo poder a cuestas.


Su tribu celebró con alborozo el ascenso de don Diego al trono, más aún cuando en el ejercicio de su cargo hizo gala, desde un comienzo, de solidaridad con los suyos ante los atropellos de que eran víctimas por parte de las autoridades locales, a quienes nada les importaba ir en contra de claras disposiciones provenientes de la Corona, al otro lado del mar.


Dicha actitud, como era de esperarse, generó el rechazo de la Real Audiencia, de encomenderos y oidores, quienes poco tardaron en desconocer su autoridad que pretendía acaso suplantarlos. Él, sin embargo, no dio su brazo a torcer, recordando con seguridad las lecciones recibidas de los padres dominicos sobre la igualdad entre los hombres, como hijos de Dios, y cosas por el estilo.


Ni corto ni perezoso, elevó su queja al propio Rey Felipe II, quien en 1572 ordenó su restitución, lo cual acentuó aún más tanto los abusos en contra de los indios como la persecución al cacique. En tales circunstancias, don Diego no tuvo otra salida que la de tomar rumbo a Madrid en 1575 para reunirse con el soberano y presentarle un Memorial de Agravios, documento precursor -según varios expertos- de la defensa de los derechos humanos no solo en América sino en el mundo.


Logró su propósito, por utópico que parezca. Y volvió triunfante a su tierra, pero de nuevo se desató la guerra en contra suya, la misma que lo llevó a la cárcel por presunta rebelión. Al fin, por fortuna, recuperó la libertad con la ayuda de algún visitador español que demostró la total falsedad de las acusaciones.


Fue cuando emprendió su segundo y definitivo viaje a España en 1582, otra vez para entregar al rey su memorial con el cabal registro de los últimos acontecimientos, no sin proponer la creación de un protectorado general de los indios, el cual se hizo realidad en 1596, cinco años después de su muerte allá mismo, en Madrid, en medio de la pobreza absoluta.

Abril Rojas, cuya disertación académica se centró en este “gran boyacense olvidado”, volvió sobre los pasos del Cacique de Turmequé, recorridos antes en su novela que mereciera premio internacional en Estados Unidos, para subrayar la urgencia de rescatarlo como “verdadero precursor de los derechos humanos”, tesis en la que coinciden autores tan respetables como Germán Arciniegas, Jaime Mejía Duque y Fernando Soto Aparicio, entre otros.


La ocasión es propicia -valga la insistencia- para ese propósito. Estamos ad portas de cumplir doscientos años de independencia en nuestra patria y nada mejor que celebrarlos así, en justa exaltación del pueblo indígena que ciertamente hoy, por desgracia, no ha dejado de ser víctima de los atropellos, la indiferencia del Estado y la discriminación social.


Don Diego de Torres y Moyachoque tendrá que ser figura central, protagónica, en tales festejos, junto a don Antonio Nariño, por su traducción e impresión de la Declaración de los Derechos del Hombre, y don Camilo Torres, por su Memorial de Agravios. No hacerlo sería solo perpetuar la injusticia que él y su pueblo, que es el nuestro, han padecido durante siglos.


Su lucha, a propósito, está ahora más vigente que nunca, con los derechos humanos como bandera de todos los países y organizaciones sociales (estados, empresas, familias, etc.), sin excepción. La dignidad humana, de cada persona, está en juego.
(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

 
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