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Los Colores de una Infancia Perdida
Publicado 10/02/2012

Liseth Geraldine Florez
Est.Lic. En comunicación en informática  educativas

 

 

Los niños de la calle han sido el blanco de habladurías, pero es mucho lo que se predica y muy poco lo que se aplica, la realidad es bastante diferente a los cuentos de hadas y telenovelas.

 

Era un día caluroso, cuando el semáforo se puso en rojo, el auto frenó haciendo un leve ruido.
 Mi mirada se desvió hacia un desfile de niños, situados en la cebra como si fuese un escenario de un teatro, empezaron a demostrar sus talentos, si así pudiera decirlo, mientras unos hacían malabares, otros andaban en zancos, limpiaban los parabrisas de los autos y vendían chiclets, podrá este último no ser un talento, pero el hecho de estar parado en la mitad de una concurrida avenida y sacrificar su niñez por conseguir un par de monedas para sobrevivir, logró cautivarme por completo, en especial, la presencia de un niño de no más de 7 años. Su cara estaba sucia y quemada por el sol, y unas cuantas gotas de sudor rodaban por sus mejillas, modelaba una camisa a rayas tan rota que podía ver los lunares de su abdomen, haciendo juego con un pantalón sucio y desteñido, cogido con ganchos para ajustarlo a su pequeño y huesudo cuerpecillo y unos tenis malgastados, con unos cuantos rotos con los que dejaba al descubierto sus viejas y desteñidas medias.

 

Sus labios se separaron y pronunciaron las siguientes palabras: “Chiclets a $100”.
Mientras extendía su mano, yo me perdí en su mirada, era tan profunda que reflejaba la tristeza que invadía su alma, pero paradójicamente en su rostro se dibujada una sonrisa despampanante, con la que lucía sus 20 dientes, tan blancos como una hoja de papel.
A medida que mis ojos se perdían en las profundidades de los suyos, ignoré lo que me decía, las llantas del carro comenzaron rodar, en un abrir y cerrar de ojos lo perdí de vista y olvidé que tan solo una moneda era lo que pedía. Su sonrisa duró mientras el semáforo estuvo en rojo, después su tristeza y su cara de desilusión se impregnaron en el retrovisor.

 

Entre ellos hay muchos Juanes, Alejandro, Ana, María y José, pero sus nombres no interesan, es más, parece, que estos al igual que ellos mismos, son invisibles en los programas sociales o políticas públicas del Estado.

 

Sus nombres fueron usurpados por  términos como “drogadictos” e “indigentes”, les ha sido negado ser gente, tal como les fue negado tener un hogar y un lugar a donde llegar. Aunque se presentan casos en los que estos niños llegaron a las calles a causa del consumo de drogas, existen otras razones por las cuales llevan esta vida, como lo es el abuso sexual, el desplazamiento, el conflicto armado o la violencia intrafamiliar.
U otros porque sencillamente desean independencia y libertad.

 

Su realidad, es como la de los videojuegos, mundos en los que se lucha por vencer al contrincante a como dé lugar. El hambre, el frío y hasta sus mismos compañeros de trabajo son sus enemigos. La jornada es agotadora, y la noche interminable, aún más, cuando duermen en andenes o parques, y es la luna quien los cobija y el frío quien los abraza.
 Sus indignantes salarios son tan cortos como un parpadeo y sus días tan largos, como lo que se demora un cohete en regresar, sobre todo cuando su mano sucia y llena de callos no tiene monedas para guardar.

 

Aparte de tener que luchar día a día por un plato de comida, sobrevivir a todo tipo de adversidades, continuar sus vidas sin figuras paternas y carecer de todo tipo de afecto y cariño, tienen que llevar a cuestas, la discriminación por parte de la sociedad, para quienes simplemente son una molestia y un peligro, haciendo ver mal a la ciudad con su denigrante aspecto físico.

 

Según el ICBF, en una investigación realizada en agosto del 2007 con cooperación de la Unión Europea, en ciudades como Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Medellín, Pereira, Pasto, Armenia, Barranquilla, Buenaventura, Cúcuta, Manizales, Montería, Santa marta, Tunja y Villavicencio, alrededor de 4457 niños habitan en las calles de las 16 principales ciudades del país, un gran número de ellos están enfermos, consumen drogas y son víctimas de abuso sexual.

 

En Bogotá se encontraron 1887 niños, que representa el 42 por ciento del total de la población hallada en el estudio. Después de la capital del país aparece Medellín, con 836 menores de edad; Cali, con 400; Pereira, con 178; Bucaramanga, con 174; Manizales, con 161, Cartagena, con 174 y Armenia, con 122.

 

Las demás ciudades tenían menos de 100 niños y niñas en condición de calle.
En su mayoría los niños tienen entre 12 y 17 años, aunque se halló un grupo de 171 niños y niñas menores de 7 años de edad. Quienes confesaron consumir cigarrillo, alcohol, marihuana y bazuco. Para financiar “el vicio” y la alimentación, los niños de la calle encuestados respondieron que deben pedir limosna, robar, reciclar, cuidar carros y vender su cuerpo.

 

La vulnerabilidad de estos 4.457 niños de la calle, sin contar los que se han sumado a la lista en estos 5 años, posibilita que adultos abusen sexualmente de ellos, principalmente en ciudades como Medellín, Manizales, Bogotá y Pereira. En el 2007 según el Instituto Nacional de Medicina Legal, en Colombia cada mes, 6 menores de edad, mueren mientras ejecutan sus labores, en accidentes de tránsito, por homicidios o por balas perdidas, debido a que trabajan en zonas de alto impacto.

 

Las cifras de Medicina Legal confirman lo advertido por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) que señala que más de un millón de niños en Colombia laboran en condiciones de alto riesgo.

 

Así es la vida de los niños de la calle, tan impredecible como el clima, tan cambiante como una decisión, tan efímera como un rayo, tan triste como un adiós, saben que se levantan y vislumbran un nuevo camino que recorrer para conseguir algo de comer, pero es incierto su anochecer.

 
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