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“Yo vivía con los Reverendos Padres… De ahí que la protesta naciera en mí y que llegara a ser el predicador de la personalidad. Mi vida ha estado dedicada a devolverles a los Reverendos Padres lo que me echaron encima; he vivido desnudándome… Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me salvó, inspirándome que lo negara… Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres… La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos.”
Algunas veces cuando hablamos de literatura colombiana, pasamos por muchos nombres, que resuenan, que nos son familiares, pero cuando se nombra a Fernando González, por esas bromas del destino, de las coincidencias, y de los homónimos, con inocencia o con picardía algunos preguntan: “¿Pacheco?”.
Mas Fernando González es definitivamente ajeno al otro, muchos más reconocido mediáticamente. Y hablar de éste primero, me compromete, pues aunque apenas comienzo a formarme en su escuela, he aprendido a deleitarme en su exquisita visión del mundo, en una filosofía auténtica de un rebelde, que cada vez me sorprende más.
Envigadeño, polémico, provocador, nada raro en nuestros tiempos, aunque no creo que pudiera decirse lo mismo en las primeras décadas del siglo anterior.
Fernando González Ochoa, ese era su nombre completo. Solitario desde su niñez. Nacido en dicho municipio de Antioquia en 1985, muy lejos de donde Pacheco naciera 37 años después.
Educado con monjes jesuitas a quienes desafío un día, como confiesa en su libro Los Negroides: “…le negué todo al Padre Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre me dijo: “Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo, o lo echamos del Colegio…”, y el resto es historia. Toda una vida, un legado literario en el que se rehusaba a pensar como los demás seres humanos, vanidosos, pendientes de copiar modelos.
Diferente a lo que pensaron y piensan quienes lo malinterpretan, Fernando González no odiaba a Dios, sólo fue incomprendido. No quería que le contaran de Dios, quería encontrar la esencia, la respuesta y el camino a Él por sí mismo. No era ningún aguas tibias, para él era todo o nada, los puntos medios era para mediocres; seguramente por eso admiraba a Bolívar, aunque sin lugar a dudas, jamás trató de copiarlo, aunque a mi parecer logró llegar a ser cósmico como adjetivó al dueño de su admiración.
Estudió Derecho en la Universidad de Antioquia, y su tesis la tituló “El derecho a no obedecer”, lo cual le trajo bastantes problemas pues se negó a cambiar una sola coma a su trabajo; y aunque llegó al acuerdo de cambiar el título, ganó, pues su trabajo finalmente lo llamó “Una tesis”, burlando así aquellas instancias detractoras con ese sarcasmo propio de un ser brillante.
“…Observa don Benjamín, ex jesuita, que su maestro de novicios, el reverendo padre Guevara, les ordenó que no se bañaran durante un año, porque así les sería fácil conservar la inmaculada castidad de San Luis Gonzaga. ¿Qué mujer atrevida podría acercarse a un novicio? Este sistema del padre Guevara es mucho mejor que el alambre de púas… Nuestro pueblo es muy tímido e ignorante: las frutas hacen daño; bañarse es perjudicial. Dicen: “La cáscara guarda al palo”.
Todos parecen educados por el padre Guevara...” Gracias a palabras como éstas plasmada en su libro “Viaje a pie”, el Arzobispo de Medellín en diciembre de 1929 prohíbe y condena la lectura de dicho libro bajo la gravedad de pecado mortal. Llevando así a cuestas la pesada cruz de la soledad, que escogiera como su compañera fiel en el camino.
En fin, González además de solitario fue escritor, periodista, abogado, y diplomático desempeñándose en cargos de Cónsul y Vicecónsul en varios países europeos. Y Aun así, es realmente lamentable que su nombre no salga de círculos intelectuales, si no que permanezca desde hace ya un siglo en el abandono, en la ingratitud de un pueblo que no le ha sabido entender, o mejor aun no le ha sabido apreciar, y cuando lo leo en “Pensamientos de un viejo” siento que en el fondo él sabía que esto pasaría, pues creo que nunca buscó gloria u ovaciones, sólo quiso escribir, decir lo que pensaba y aunque le preocupaba la juventud muy en especial, pensaba que “el respeto de los hombres tiene mucho de supersticioso: no creen sino en lo que no ven. Las tribus salvajes muestran gran perspicacia al no sacar a sus reyes sino en las grandes solemnidades, pues lo que es comprendido es despreciado. He oído decir a algunos al hablar de libros que no comprenden, que esos libros son los más profundos. La humanidad acepta por amo a todo aquel que se impone por el misterio, pero paga con el desprecio al que se deja comprender. Dios, desde que vio la estupidez de los hombres, no quiso volver a mostrarse a los ojos humanos, como en otro tiempo lo hacía. Esta amarga estupidez es lo que no deja tributar honores a los genios, sino después de su muerte.”
Y aunque éste es uno de nuestros más grandes genios, es realmente amargo ver la poca difusión de su obra, ni siquiera la muerte pudo hacer que su legado trascendiera tanto como lo merece.
Ojalá este artículo, que no es más que el producto de mi admiración por éste ser humano, por su obra, por su capacidad de defender lo que creía y su necesidad intrínseca de superar sus propias limitaciones, sea un pequeño faro, minúsculo, que alumbré el camino de quienes aún no han podido acercarse a su literatura, ese es mi sueño. “Y tu único consuelo ¡oh soñador! es soñar las vidas posibles... Suéñate la vida que habrías vivido de haber tomado aquel sendero desde cuya entrada te llamaba Carmen... Y así, para consolar tu corazón, sigue soñando todos los caminos.
Mira: los atardeceres, las nubes viajeras, el invierno, el verano... todas las cosas fueron hechas únicamente para ayudar al ensueño de esta infinita posibilidad.”
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