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Ha llegado el momento en que los ciudadanos deben expresar sus preferencias sobre las personas que, a su juicio, deben, de un lado llevar su representación en el Congreso de la República y de otro lado, ser los candidatos de los partidos que optaron por la opción de la consulta interna para escoger su candidato único a la Presidencia de la República.
Muchas razones se expusieron en su momento para concluir que el país necesitaba con urgencia un ajuste sustancial en sus estructuras institucionales, que era indispensable adecuar los principios legales que nos regían a las nuevas circunstancias del momento, y que ello sólo se lograba con una profunda reforma a la Carta que había moldeado nuestra juridicidad por más de una centuria.
Pero sin duda una de las que más entusiasmo despertó entre los ciudadanos, cuando se les consultó sobre la convocatoria a una Asamblea Constituyente, fue el deseo de que se le hiciera una reforma de fondo a la participación ciudadana en las grandes decisiones nacionales y regionales, y se depuraran las muy deterioradas costumbres políticas.
Lastimosamente, todo aquello ha sido una vana ilusión. Con muy pocas excepciones las listas que esta vez se han inscrito, están compuestas por los mismos políticos que por años han ocupado una curul en el Congreso, que muy poco han hecho por su región y por el país y que han sido señalados de ser los dueñas de los más ominosos vicios y deplorables costumbres; o lo que es lo mismo por sus hermanos, o por sus hijos, o por sus familiares más cercanos.
Basta ver a quienes ya han sido sancionados, o investigados, o despojados de su investidura en el Congreso o en un cargo de elección popular, convertidos en jefes de debate de muchos de los aspirantes de hoy o participando activamente a favor de quienes ellos han designando como sus sucesores políticos.
Pero, a pesar de que la nueva Constitución no ha podido, por lo menos hasta ahora, depurar los vicios que se han incrustado al alero generoso de nuestra democracia, hay que tratar que quienes van a tener la responsabilidad de hacer las leyes y de apoyar la gestión del Presidente de la República desde el Congreso, sean fieles intérpretes de los anhelos del pueblo y estén enmarcados dentro del espíritu que animó a los forjadores de la nueva Carta Política.
Por eso hoy cuando el llamado indique la hora de votar, hay que atender entusiastas el compromiso y marcar los tarjetones por quienes, además de estar ajenos a aquellos vicios y prácticas corruptas que aniquilaron el prestigio de la actividad política, también sean inmejorables intérpretes del esperado cambio que el país ha pedido y tanto necesita en el Congreso de la República.
Las gentes de bien tienen la palabra y la obligación de votar por los mejores y por quienes no estén impregnados de tanta deformidad. En la medida en que así lo hagan estaremos ganándole un espacio a la corrupción y a la permisión. Ojalá, las fuerzas de la violencia y los enemigos de la tranquilidad, dejen que los colombianos puedan escoger libremente a los mejores.
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