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Angel Gómez Giraldo
El Diario del Otún
Sentarse es una de las posiciones que más nos gusta por lo cómoda, y una de las más seguras... cómo será que hasta resiste una mala noticia. Sin embargo, de sentarse a sentarse bien, es cuestión de piernas. femeninas.
Como sabemos el tiempo también se mide por épocas. ¿Recuerdan, por ejemplo, cuando al niño se le podía salir el corazón por la más leve herida de uno de los dedos de la mano? Cuando del cielo llovía tocino porque no se le temía al colesterol y cuando la mujer permanecía con las piernas más ajustadas que las hojas de unas tijeras cerradas.
En realidad ella pensaba que lo que tenía era una caja de seguridad y no se atrevía a abrirlas creyendo que podía perder su más preciado caudal de valores representados en la decencia y los buenos modales.
Hasta llegó a ser condición de género, pues mientras que al hombre no se le reprochaba que caminara con las piernas abiertas, a la mujer no se le perdonaba el menor desajuste de sus miembros inferiores.
Todo ello dizque porque por ahí se encuentra el florecido camino que llevaba a la virginidad femenina.
Se les enseñaba a conservarla desde la infancia, y ni llegada a la edad adulta se le permitía montar a caballo a horcajadas como el hombre sino sentadas de lado sobre la silla del palafrén.
De esta manera podía viajar a buen galope manteniendo en su recatada posición la virtud de la mujer soltera o de la gran señora.
“Bien sentaditas”
!Niñas, bien sentaditas! era la orden que la maestra Edelmira Rodríguez Marín le daba a sus alumnas del quinto grado de primaria de la Escuela Boyacá de Pereira antes de empezar la clase.
Esta escuela abrió sus puertas en la llamada época de oro o más progresista que tuvo Pereira cuando apenas era un pueblo, y ha permanecido en el tiempo como prestigioso centro de enseñanza para los hijos de las familias pereiranas.
Se cuenta que las alumnas le obedecían a la maestra Edelmira aunque la escuela era sólo de niñas. Quizás ella fue feliz viendo a sus queridas alumnas poniendo sus asentaderas sobre el buen comportamiento.
“La educadora pereirana fue una señorita en toda la extensión de la palabra, y así viajó al otro mundo”, me dijo hace poco una dama de más años que pergaminos y la cual la recuerda porque con ella aprendió a leer y escribir. También a sentarse sin disparar el flash.
Edelmira Rodríguez Marín fue la mejor sonrisa que tuvo la calle 22 entre carreras 9 y 10 del centro de la capital de Risaralda. Tenía tan buena chispa que encendía corazones.
En la escuela enseñaba para que las alumnas aprendieran y en la casa contaba cuentos que hacían reir no por “verdes” sino por poca malicia.
En una época en que los estudiantes no compraban con dinero y regalos las buenas calificaciones, la señorita Edelmira llegó a almacenar tantas frutas en su vivienda como obsequio de sus alumnas, que se le sugirió que abriera una venta, a lo que se negó argumentando que las frutas que hay en la casa, cosechadas o adquiridas, no se venden sino que se comen.
Rolliza y de pequeña estatura, cuando caminaba por la calle se le veía más alta de lo que realmente era pues mostraba el mejor de los tocados que pueda lucir una mujer buena: aureola de santidad.
Su partida
El día que supo que obtendría su jubilación por edad y tiempo de trabajo cumplidos, un médico la puso en conocimiento de que ya no tenía hígados para el ocio pero que era libre para obedecer o no al corazón.
Le consultó al corazón, el órgano más sano que tenía, y éste le respondió deteniendo su palpitar. Así la maestra Edelmira pudo llegar al cielo más temprano de lo que se pensaba.
Todas aquellas personas que la recuerdan reportan que la han visto sonriente a la diestra de Dios Padre.
Ahora, y de manera general, sentarse bien como lo define el diccionario es colocar o colocarse en un sitio de manera que uno quede apoyado y descansando sobre las nalgas.
Es una de las posiciones que más gusta a la persona quizás porque sentada puede resistir hasta una mala noticia.
A nadie se le dice, acuéstate que te voy a informar algo desagradable o trágico, sino siéntate.
Echados
Sin embargo hay quienes sostienen que el ser humano se divierte más echado o acostado ya que la horizontalidad le permite aceptar compañía.
No sé, pero es tan bueno permanecer sentado que hasta las ideas se sientan y lo hacen sobre la base de una reorganización de la empresa. De esta manera empleadores y empleados ganan porque no se cierra.
Pero como señalé al principio, el sentarse bien, sobre todo la mujer, marcó una época. Hoy en día la informalidad y la comodidad abrieron de una otra, y con esta lo que la mujer se había negado a abrir en público, las piernas.
El bluyín contribuyó en buena medida a que surgiera el fenómeno ya que al usarlos por primera vez la mujer se dio cuenta que la verdadera libertad le llegaba por las piernas.
Además, ¿ si el varón tenía zamarros para montar sobre el caballo con los pies abiertos, por qué la mujer no?
Sin embargo llegó el momento en que la mujer se decidió a montar sobre cualquier animal a horcajadas, incluido el hombre. ¿ Dirán ellas ahora, que todo tiempo pasado fue mejor?
Tiempos aquellos
Añoremos pues los tiempos en que la maestra Edelmira Rodríguez enseñaba a sus alumnas a sentarse bien.
A las jovencitas de las familias tan “estiradas” como pudientes se les enseñaba también a caminar con garbo. Ensayaban con un libro sobre la cabeza. A sentarse bien con el cuerpo más vertical posible.
Si se deseaban cruzar las piernas, que les quedaran tan juntas como las hojas cerradas de unas tijeras.
Otra de las cosas que se enseñaba a la mujer era a saber mantener las distancias con el varón.
Hoy la mujer con una ligereza sorprendente deja su silla y va a sentarse sobre el hombre. Una forma singular de hacer pareja.
La única mujer que hoy se sienta bien es la modelo. Esa que camina como si estuviera dando tijeretazos con los pies.
Como lo podemos ver, a ningún trasero femenino le importan los buenos modales y se “aplasta” en el taburete hasta al revés para quedar a caballo.
Un amigo mío, más observador que un búho me salió con la siguiente consideración: “Ya las mujeres no se sientan sino que se echan sobre el espacio público acompañadas por sus amigos y compañeros”.
No es mentira. Lo estamos viendo durante las noches de los fines de semana echadas sobre los andenes de las calles del centro de la ciudad que se han convertido en otra zona rosa.
El consumo es de solo cerveza pero hay quienes aseguran que de las botellas a veces salen “chicharras”.
Hay quienes ven un paisaje humano tan exageradamente relajado que deprime. Pero visto con otros ojos no es más que la novedosa manera con que la juventud expresa libertad y felicidad. Puede que no estén dando una lección de buenos modales pero tampoco le hacen mal a nadie ya que no se tiene noticia de actos criminales o delincuenciales.
Supe de otra persona que al contemplar estos cuadros mostró ser tolerante y fue comprensivo con las actitudes juveniles. Dizque manifestó: “Mirad cómo se amanan”.
Esta misma frase fue utilizada por los paganos romanos para mostrar admiración por los primeros cristianos que al encontrarse o reunirse se saludaban de beso y abrazo.
Dejemos a las modelos que se sienten y hasta se acuesten sobre los buenos modales, y que las demás lo hagan donde les dé la gana.
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