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Una perspectiva elemental de la existencia nos enseña que nuestro transcurrir vital en este mundo se rige por el movimiento de la tierra sobre sí misma (el día), el movimiento de la luna alrededor de la tierra (el mes), y el movimiento de la tierra alrededor del sol (el año). El dinamismo del universo, dentro del cual el ser humano es un microcosmos, hace de nosotros unos seres en movimiento permanente, que nos permite entrar en el reino del cronos, término griego que significa tiempo medible. En este permanente “estar aconteciendo” se desarrolla la vida humana, en medio de un sinnúmero de circunstancias espacio-temporales que hacen de su existencia una aventura diaria.
Cuando nuestras costumbres culturales nos enseñan augurar a una persona un “feliz año nuevo”, lo que en el fondo le estamos deseando es un buen comienzo de un nuevo ciclo vital, es decir, que al reiniciar una nueva etapa de la vida, así sea pequeña, le permita crecer y avanzar en todos los proyectos que animan su plan de vida.
Todo lo anterior, viene a ser iluminado por la fe cristiana, cuando le permite al creyente, con la ayuda de la gracia de Dios, considerar al tiempo, ya no como un eterno retorno de ciclos físico-espaciales, sobre el cual el hombre no tiene poder alguno, sino como un camino progresivo de avance constante, encaminado hacia la eternidad, cuyo objetivo es la salvación del ser humano. En este sentido, el más claro convencimiento del cristiano es que está sumergido, no en las manos físicas del cronos, sino en las manos divinas del Creador del universo. Dios proporciona al hombre un tiempo con alma de eternidad, que en la historia salvífica se denomina kairós, cuyo significado profundo es “tiempo de gracia”, tiempo de salvación, por la presencia de Dios en medio de la vida del hombre. Todo obedece a un plan redentor en favor del ser humano, concebido por Dios, desde toda la eternidad.
Es necesario afirmar que con la Encarnación del Hijo de Dios, en el tiempo y en el espacio del hombre (Gál 4,4), se declara el inicio de la etapa final de la historia. Ha llegado la plenitud de los tiempos y todo el pasado se cualifica en relación con este acontecimiento. Para nosotros Cristo Jesús inaugura la etapa final de la historia y de este modo todo nuevo año es una ocasión para vivir a plenitud desde ya el preludio de la eterna salvación.
Nunca un cristiano frente a la temporalidad se siente atrapado por el fatalismo de un enigmático futuro, controlado por fuerzas impersonales, a partir de las cuales no se podría trazar ningún objetivo. Dios es el Señor del tiempo (Sal 90,4) y ha señalado a este, una finalidad. El Señorío divino, con la presencia de Dios por medio de su Hijo Jesucristo, Rey del universo, Señor del cielo y de la tierra, es quien eleva al hombre a una altura tal que le participa de sus dones y gracias, asegurándole un futuro de felicidad e inmortalidad. Y el final de los tiempos será cuando Cristo sea todo en todas las cosas, dando plenitud a toda la creación para presentarla redimida al Padre. Por lo tanto, toda predicción humana que señale una fecha determinada para el final de mundo es considerada por nosotros con mucha prudencia, dando primacía a las palabras de Cristo: Sólo el Padre celestial conoce el día y la hora.
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