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Terror en Pearl Harbor
Publicado 18/12/2011

 


J.M. Mc Fee
El Diario del Otún



1.
Con el ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, la aviación japonesa estuvo a punto de arrasar el poderío militar de los Estados Unidos en Hawai. Aquellas horas caóticas son el recuerdo más vivo de mi vida.

 

  El jefe agresor, capitán Mitsuo Fuchida, dijo después:


  “Esperábamos que los “gringos” estuvieran borrachos, y los sorprendimos peor aún: revolcándose en el lodo, como cerdos. Yo había prevenido a mis hombres: les dije que pasaríamos por las armas al que se embriagara o se enredara con mujeres. Porque la guerra es la guerra”.

 

 (Hubo un desobediente: Kisbin Emura; amante fervoroso del Emperador, pero más del sake y del sexo. En su árbol genealógico había un bravo samurai, Ouchi, cuya “katana” relumbra en la noche sangrienta de Kamamoto.  Fuchida cambió su fusilamiento por la autoinmolación. ¡Seppuku! El mismo, haciendo de “kaishaku-nin”, lo habría decapitado).

 

 La embestida aérea fue tan demoledora, que los atacantes pudieron haberse apoderado de nuestro enclave en la Polinesia. Todo el mundo dijo  después que sólo les había faltado desembarcar: Pienso que no lo hicieron, debido a fallas imprevistas en su red de espionaje. Por cobardía, jamás; valor les sobraba para ofrendarse: el Japón era la espada antes que el crisantemo. ¿Podrá alguien olvidar a los épicos suicidas de “kamikaze”?
 Roosevelt declaró la guerra al Japón; y  Frank Knox, Secretario de Marina, viajó, con sus asesores, a Hawai. Ante él comparecieron los jerarcas.

 


2.
militares del Archipiélago, general Walter Short y Almirante Husband E. Kimmel. Knox era un bloque de hielo. Inteligencia rápida y certera, sus ojos miraban como bocas de cañones, golpeó la mesa con su puño. ¡Imbéciles”, les gritó. Y luego, cortando con la uña  del pulgar la primera falange de su índice: “!No admito ni esto como disculpa!” Short y Kimmel se derrumbaron; los esperaba una corte marcial.

 

 Short murió con el peso de su culpa, y Kimmel, quien falleció posteriormente, escribió un libro intenso, tratando de probar su inocencia.
 

 


 ¿Cómo fue lo de Pearl Harbor?


Para mí todo empezó con la “misión de paz” del enviado japonés, Kurusu.
 Su escala en Honolulú fue recibida con ruidosa alegría; hubo hasta festejos populares.
 Sonriente al bajar del avión, sombrero en mano –entre militares y civiles-, Kurusu escuchó himnaria música de banda; vio, luego, bailar el ula-ula, y un corro de frescas muchachas, meneándose como balandras, puso en su cuello una guirnalda ostentosa.
 Tenía la voz enmarañada y lejana y un caminar omiso de perro amaestrado.

 

 Kurusu “narcotizó” a nuestros comandantes. No bien partió hacia Washington, las fuerzas armadas de Hawai cambiaron su habitual actitud de alerta por una de absoluto relajamiento; en sus puestos apenas quedaron unos cuantos hombres, y emplazados, dos o tres cañones.
 Y engañó al gobierno norteamericano. “Mi país”, dijo ante los altos mandos, “jamás desearía un enfrentamiento con los Estados Unidos”.

 

 En Honolulú, sin embargo, cierta desusada actividad en el consulado japonés despertó  las sospechas del F.B.I. Desde allí se emitían mensajes en clave; todos aludían al estado del tiempo: mañanas espléndidas, tardes

 


3
.luminosas, el murmullo del viento bajo un cielo de plata martillada; o al férvido deseo de que en los riscos y arenales de Kyoto florecieran jazmines y violetas.

 

El consulado quemó sus archivos, pero algunos mensajes habían sido interceptados y arduamente traducidos por el servicio secreto. Las mañanas espléndidas y las tardes luminosas y el murmullo del viento y las flores ansiadas, eran el movimiento de buques japoneses cerca de Hawai. Dos agentes corrieron a Fort Shafter y mostraron los reportes al  general Short. A esa hora -5 p. m. -, el oficial jugaba su acostumbrada partida de golf; hizo un alto para enterarse de los mensajes cifrados, y no le causaron alarma. “Llévenselos a Kimmel”, dijo con una sonrisa apática. Y volvió a golpear la bola.


 No fue posible hallar al Almirante Kimmel; andaba en el monte, de cacería.


La noche del 6 de diciembre –sábado-, un vasto alboroto sacudió a la isla. Almirantes y generales, oficiales de menor graduación, suboficiales y hordas de soldados y marinos, bebieron como camellos para celebrar la terminación de su servicio en el Pacífico, e hicieron horrores en las cantinas de Honolulú, en sus burdeles de mala muerte, en las casas de geishas de Waikiki, y hasta en los bares exclusivos de Diamond Head. No he visto un relajo igual. El whisky corría a raudales entre la música atronadora, y miles de uniformados bailaban, torpemente, con mujeres desnudas; las llevaban a horcajadas en sus hombros; las rociaban con licor, las lamían, las descuartizaban sobre las mesas; las taponaban con salchichas y les ponían sus gorras, y las mujeres chillaban, como gatas; habían quienes reían y quienes lloraban, quienes bebían en sus botas de campaña o en los zapatos de sus compañeras, y quienes fingían voces efusivas de animales. “!Soy un cerdo!, gruñía alguno, echando abajo sus pantalones.” ¡Y yo, ¡un burro!”, rebuznaba otro, y comprobaba su aseveración. Hubo riñas escandalosas y destrozos innumerables; y disparos; y mandíbulas y dientes rotos; y centenares de heridos.



4.La mayoría de los cuales rehuyó la atención médica. La policía de Honolulú y la M. P. se vieron en dificultades para afrontar la turbulencia militar; despuntaba el domingo y proseguían los desafueros.

 

 Yo me había levantado temprano, y me asustó un atronador rugir de aviones. Miré al cielo y ví una perfecta formación dispersándose entre el azul vibrante.

 

De súbito, las naves entraron en picada, sus compuertas se abrieron y una granizada de bombas comenzó a caer sobre Pearl Harbor.

 

  Sonaron sirenas de alarma, radios, altavoces; gritos desaforados: ¡Nos atacan! ¡Esto es la guerra! ¡A las armas!”

 

 El llamamiento militar encontró muy débil  respuesta; muchos hombres continuaban “celebrando”, y el resto, vencido por el desenfreno, dormía en las tabernas borrascosas, o a la intemperie, bajo los árboles.

 

 Me abrí paso con mi coche a través de la confusión.


 Cadáveres destrozados, angustiosos lamentos de los heridos. Entre Honolulú y Pearl Harbor decenas de carros habían sido ametrallados, y en su interior yacían, muertos, sus ocupantes; muchos otros vehículos corrían, despavoridos, por  en medio de ambulancias y camiones del ejército, chocando con éstos y con los que corrían en sentido contrario, y agravando la tragedia; un fuego irrefrenable consumía los aeropuertos de Hickan y Wheeler. Pero lo peor estaba en Pearl Harbor, terriblemente devastada, La poderosa base –sus instalaciones, su abundante arsenal, sus unidades de guerra-, todo ardía, entre el estampido de la munición y el chasquear de metales retorcidos, y una nube de humo –negra, gris, rojiza-, envolvía el estrago descomunal.
 Los japoneses volvieron a atacar.

 

 Una segunda oleada de 200 bombarderos arremetió contra los restos humeantes de la flota norteamericana. Entonces respondieron los primeros disparos antiaéreos desde el fuerte Kemehameha, y los cañones de los buques en llamas redoblaron su fuego contra los agresores, y quince o veinte cazas, todavía ilesos, despegaron y se trenzaron en combate con el enemigo. Cayeron unas cuantas naves japonesas. Pero, casi intacta, la imperial escuadra logró escabullirse, enrumbó hacia Honolulú y arrojó sobre la ciudad bombas de escarmiento; y voló, al fin, hacia su portaviones, a 200 millas de Hawai.



5. En pocas horas se restauró el orden.


 Las autoridades impusieron la censura de prensa y suspendieron el derecho de “Habeas Corpus”; más tarde ordenaron la excavación de refugios, el levantamiento de barricadas y la vigilancia militar en estaciones de radio, depósitos de agua y centrales eléctricas. Desvirtuaron además las “bolas” que  rodaron  durante una semana, sobre la inminente ocupación de Hawai por  las fuerzas de Mikado. La tensión colectiva fue disminuyendo, y ya por navidad, Pearl Harbor era recordado como una pesadilla remota. Así es de frágil la memoria humana; al menor soplo se cuartea y por sus grietas fluyen hacia el olvido las cosas que alguna vez fueron terribles o memorables.

 

 Nunca supe el número de víctimas, ni el monto de las pérdidas materiales en Pearl Harbor; jamás quise averiguarlo. En términos estadísticos, nada podría compararse  con el holocausto de Hiroshima. Pero para mí no cuenta la aritmética militar, ésa que habla de “bajas”, refiriéndose al exterminio voluntario de criaturas de Dios. Nada paga la muerte de diez o de un millón de hombres; y no hay poder que restituya el hilo roto de la vida, o que rearme el esquema en que cada vida segada cumplía su función en el mundo.

 

 La guerra golpea más a los débiles; por eso la odio.

 

 En Pearl Harbor perdí a mi buen amigo Bud. Recuerdo que jugábamos al ajedrez, y él me enseñaba a leer bellos libros en español. Aquella mañana en que nos atacaron los japoneses, yo andaba, embrujado, en la selva de “La Vorágine”, con Arturo Cova y su desventurada Alicia. La novela colombiana me apaciguó el corazón, y supuse que algo semejante debió ocurrirle al almirante Kimmel en la selva de Oahu, mientras la muerte volaba sobre Hawai.

 
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