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CULTURA

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María Antonieta Mercuri y la Utopía
Publicado 04/03/2012

Su discreta vida siempre estuvo al lado de los que en apariencia ni triunfan, ni son reconocidos y son explotados.

 

Alberto Verón*
El Diario del Otún

 

 

 

Esa mujer menuda y de  cabello rubio. Esa mujer de ropa oscura que se destacaba cuando subía por la calle catorce, allá en los años setenta;  vía transitada por estudiantes provenientes de colegios públicos y de la Universidad Tecnológica de Pereira. Esa mujer se llamaba Maria Antonieta Mercuri. Había nacido en Pereira  en los años treinta. Hija de un médico italiano Igino Mercuri  quien  llegó en el año 29 a la ciudad y de una madre marsellesa: Angélica Vásquez Botero, hermana del político conservador Fabio Vásquez Botero. Se conjugaron en ella la perseverancia y la visión universal  del europeo mediterráneo  con el romanticismo montaraz del habitante andino.  Sus estudios superiores los realizó en la Universidad del Valle donde se graduó como delineante de arquitectura. En esa misma universidad se vinculó al grupo de teatro con el cual,  en el festival  universitario de  1962 ganó una  beca para viajar  a estudiar en Roma.

 

Los 60

Los años sesenta conocieron en América Latina la formación de los distintos movimientos de liberación nacional. Esa liberación de toda forma de colonización iba de la mano de una serie de expresiones culturales que como el teatro deberían de coadyuvar en la formación de un espíritu crítico emancipatorio.  La  generación de Maria Antonieta produjo una diáspora de jóvenes  que atravesados por el mismo espíritu de la época partieron a formarse a Checoslovaquia, a Francia, a Italia,  como Jorge Alí Triana, Santiago García, Kepa Amuchastegui o Carlos Duplatt; nombres que fueron importantes para la configuración de un teatro moderno en Colombia a partir de  los años setenta,  artistas que conocieron  la capacidad y el compromiso estético y social de Antonieta con el teatro.

 

Ella regresó a Pereira en el año de 1968, pero ya madura, más firme en su convicción, mas autónoma, convertida después de sus años de formación en la academia actoral de Roma, en profesora de la muy joven universidad pública de la pequeña capital  del apenas recién nacido departamento de Risaralda. La joven profesora  se  encontraba imbuida del espíritu contestatario que inundaba la Europa de los años sesenta. Las técnicas de Brecht y Stanislawski no eran solamente recursos escénicos sino también  posturas ante la vida. Si bien Europa  en aquellos años se entregaba a un tiempo de abundancia económica, de bienestar social y de conocimiento,  que permitían soñar con la utopía y ofrecérsela a los más pobres, en América Latina y especialmente en Colombia donde se continuaba viviendo con la violencia, con la ignorancia, con el sometimiento a la cultura norteamericana, lo cual hacía que los más sensibles de los jóvenes formados en Europa regresaran a sus naciones con un alto compromiso social.

 

La UTP

Sus primero ensayos con el recién creado grupo de la Universidad Tecnológica son simultáneos con el “Mayo del 68” en Francia, o con las protestas de los jóvenes en Checoslovaquia, en México. En el año de 1975 coinciden en el primer estreno de “Galileo” en el sótano de la alcaldía de Pereira, el escritor Eduardo López Jaramillo, profesor del Colegio INEM y Director de la Sociedad de Amigos del Arte y la actriz y directora Maria Antonieta Mercuri. De posturas estéticas y políticas bien extremas: el uno de  un clasicismo  reaccionario  y la otra perteneciente a  una vanguardia deseosa de revolución y de justicia social. Ante el montaje, López Jaramillo no pudo dejar de sorprenderse  y expresarlo en voz alta, por aquellla obra cuyo primer actor era Luis Fernando Montoya y  cuya producción se hacía   en “una aldea de los andes” -según sus palabras irónicas. Valga decir que de esa aldea era también oriundo López.

 

Los 70

Los años setenta son activos políticamente en el país. El espíritu de la militancia y de los debates,  del dogmatismo y del radicalismo ciego, pero también de la utopía y de la lucha social experiirmentados en una nación sumisa acostumbrada a la represión y la desigualdad social. Maria Antonieta subvierte ese orden, realiza durante aquellos años desde la ciudad de Pereira un teatro que busca interpelar al público: a los jóvenes estudiantes de la universidad tecnológica, a los maestros del sindicato de educadores, a los trabajadores afiliados a la confederación sindical, pero también a una “buena sociedad” caracterizada por la corrección y las apariencias. Sus montajes de “La comuna de París”, “La Celestina”, “La madre” de Máximo Gorki, teatralizada por Brecht, “El globo” de Fernando Gonzalez cajiao, “Bananeras”, “El coronel no tiene quien le escriba”  con la excelente actuación de Jose Carlos Vinasco, “Los Fusiles de la Madre Carrar”, “El Hombre ese extraño animal”, una adaptacion de cuentos  de Anton chejov y  obras cortas de Tennesse Williams, “La maestra” y “La autopsia” de Enrique Buenaventura, son un reflejo de los debates estéticos de la época y  que suscitan  resquemores, desconfianza  en la izquierda militante y fraccionada: troskistas, maoistas  y comunistas que no alcanzan a comprender la libertad de esta mujer comprometida  con la injusticia y que con desdén llamaban “la condesa descalza”. Ese espíritu de guerrillera del arte, de mística de la lucha contra la injusticia atravesará  toda su vida.

El teatro

Luis Fernando Montoya, quien fuera uno de sus  grandes  hallazgos pasó de su grupo al Teatro Popular  de Bogotá (TPB) gracias al casting que éste ganara para trabajar en el montaje de “I Took Panamá”. Pero también estarían bajo su orientación otros alumnos como  José Fernando Marín (fotógrafo, actor, hombre de radio), Rosina Molina (Librera), Lilian Salazar (cantante), Reina Sanchez(directora de teatro, actriz),  Ana María Arenas (actriz, activista de ONG)  y otros que pasaron por su guía durante todo aquel tiempo.

 

Fue así como el magisterio de Maria Antonieta, su fama como maestra de teatro, la van rodeando de más y más discípulos, pero también de enemigos en la sombra al interior de  la misma institucionalidad cultural y académica.  En el año de 1982, en medio de la lucha que vive la universidad pública, la mística profesora es incapaz de ponerse al margen y guardar silencio. 
Su último montaje fue “Contratando”, texto tomado de unos teatreros argentinos de la universidad de Cordoba, el  cual provocó la furia en algunos sectores del poder académico de aquella época.  Como forma de protesta presenta su carta de renuncia a la universidad, algo que para tristeza suya aceptará sin reticencia alguna el rector Gabriel Jaime Cardona Orozco y que confirmará la Decana Maria Teresa de la Cuesta, con el silencio del sindicato de profesores.

 

Sin duda era ésta una manera cómoda de deshacerse de un personaje incómodo a una institución tradicional. Con la aceptación de su renuncia se cierra  su permanencia e irradiación cultural. De esta partirá hacia Cali donde sin alumnos y sin escuela, llevará sus monólogos como una carreta de sueños durante treinta años  por los barrios de Terrón Colorado, en los sindicatos, en las universidades del Valle. Su cabello pasará de oro a lino y su  delgado cuerpo envejecerá pero no perderá su vitalidad en medio de las nuevas generaciones de jóvenes que poblarán el espacio  popular que ella siempre privilegió.

 

Su alumno

José Fernando Marín, su alumno, tiene una última imagen suya, en el 2009. Atraviesan el centro de Cali para dirigirse a la Biblioteca Departamental donde se le rendirá un homenaje a un poeta afrodescendiente. Entre las invitadas al evento está Piedad Cordoba quien al verla entrar se levanta y corre con respeto a abrazar a esta  mujer emblemática. En la internet se puede ver  un pequeño homenaje a la artista por parte  de un colectivo del Valle. Allí está,sobre una tarima en medio de la protesta, denunciando la injusticia desde la poesía, desde su histrionismo.
La suya pues fue una vida muy distinta a la que sueñan muchos de los actores y directores de hoy. Ella también cantaba, y ejecutaba el piano y la guitarra y dibujaba y actuaba y dirigía. Pero no lo hizo, a cambio de dinero y de éxito para la televisión. Su discreta vida siempre estuvo al lado de los que  en apariencia ni triunfan, ni son reconocidos y son explotados. Ella, nacida en cuna de oro prefirió ser la musa de los que siempre son explotados en una Colombia explotada. Ella,   “la condesa descalza”.


* Escritor. Profesor titular Universidad Tecnológica de Pereira.

 
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