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Álvaro Perdomo, el tango de su vida
Publicado 15/01/2012

 


Libaniel Marulanda
El Diario del Otún

 

El perro, fiel a su condición, ocho días antes y en un ritual premonitorio comenzó a aullar cada mañana. “Pobre Draco - dijo Estela-, con la vejez le llegó la artritis”. Al cabo de tres días los aullidos matinales del viejo y desdentado perro se convirtieron en otra de las rutinas sonoras del sector del Bosque, concurrido, transitado y sitio tradicional de Armenia que muchos califican de barrio pero que en realidad pertenece al San José.

 

La casa recién comprada y en plan de remodelación eléctrica, por aquellos días acaparaba todo el tiempo y los sueños de Álvaro Perdomo y Estela Salazar, su mujer. Las instalaciones eléctricas tenían prioridad sobre los otros defectos propios de una casa grande, bien situada pero vieja. Una vez el fluido eléctrico estuviera a punto, la pareja podría realizar tertulias de tango y poesía, al obligado calor de unos tragos, en la compañía del combo de amigos, unos treinta bohemios, y algunos jubilados prófugos del licor por los imperativos de años y achaques.

 


Un imposible

 

Álvaro Perdomo, como casi todos los cantantes quindianos, desde años antes había comprendido que en la región era de un todo imposible soñar con vivir del arte y ganarse unos pesos con el canto o la declamación. Pero una cosa era comprender y aceptar la realidad económica y otra, muy distinta, abandonar la música y la poesía popular así porque así; no señor, él tampoco…

 

Que el tango, el respeto a la palabra, la política como ejercicio intelectual, el gusto por la lectura, y en general el arte y la cultura estuvieran arrinconados en la región no tenían para nuestro cantor la suficiente fuerza disuasiva. Por eso las tertulias como afirmación de gustos e ideas presuntamente decadentes.

 

La compra de nueva residencia de Álvaro y su pareja fue el resultado de una de esas gangas con que tropiezan pocas veces en la vida las personas como él, pésimos negociantes por su naturaleza de artistas. La cosa comenzó por la manifiesta lumpenización del Sur de Armenia, materia prima del mercado de la leída crónica roja cuyabra. La cotidianidad de atracos, robos, escándalos y violencia a la lata, terminaron por angustiar de tal modo al poeta cantor, a su mujer e incluso a Draco, que Álvaro se metió en la inusual tarea de vender su casa. Y como unas son de cal y otras son de arena, pronto la vida le hizo un guiño y de moñona consiguió quién le comprara y quién le vendiera.

 

Y allí, con el sueño de remodelar puesto sobre ruedas, comenzó para Álvaro Perdomo la recta final que nadie presentía, salvo Draco, un perro viejo, estigmatizado por su condición de Pit Bull y a quien el cariño de los Perdomo, todos a una, lograron extirparle desde cachorro la agresividad genética.

 


La paradoja

 

Perteneció Álvaro a la generación de la paradoja, vale decir la de aquellas décadas en que por un lado el Quindío se expandía en lo económico y por el otro lloraba a sus muertos, merced a la violencia. Por suerte, un apreciable número de sus habitantes pudo residir y disfrutar del sector en donde confluían las alegrías y el goce pagano por virtud de la emigración valluna y afrodescendiente, cuando aún no se había inventado este eufemismo: el barrio Popular, cercano a la treinta, el Bar Caribe; más hacia el centro el Stop Grill, la carrera dieciocho…

 

Esa Armenia vital, violenta si se quiere, vibrante, gocetas, sensual, donde florecía la esperanza a la par con el grano de coloración liberal, hizo posible que cientos de músicos se nutrieran de bolero, tango y guaracha; de la Sonora, con el Jefe Daniel, la negra Celia o del Rey del compás, Juan D’arienzo. Hacia ese tiempo, ese lugar y nuestra generación, siempre apuntará el norte del sentimentario bohemio que trota en cada quindiano.

 


Historia

 

De Álvaro, a quienes lo conocimos en los últimos veinte años de su periplo vital, se dice que estudió en la Escuela Simón Bolívar, que fue compañero de Jorge Eliécer Orozco, seguramente su rival en el canto y a quien el radioperiodista bautizó como “caregato”, un apodo nada ofensivo pero urticante para nuestro tanguero ausente. A pesar de que estudiamos en los colegios San Solano y Rufino Jota Cuervo, trabajamos luego en la misma auditoría de la Contraloría en Armenia, con dos años de diferencia, sólo nos conocimos cuando el destino, en este caso llamémoslo el tango, así lo dispuso, en 1994.

 

Entonces, la necesidad de darle continuidad a la mayor de mis fuentes de fracasos reiterados y júbilos nocturnos, una agrupación musical encarretada por el tango y con treinta y tres años a cuestas, Los muchachos de antes, permitió que conociera a quien, de lágrima en lágrima, hoy evocamos en estos párrafos transgresores.

 


Por la borda

 

Sepa usted, resignado lector, que pese a la prevención inicial que experimenté al comenzar este texto; pese a la obligación tácita de no comprometer la primera persona con esta crónica, las circunstancias particulares que se pasean por la vida de los músicos, me fuerzan a esta altura del relato a tirar por la borda la debida buena conducta narrativa.

 

Nunca abordamos en detalle el cómo, dónde y porqué, de la incursión de Álvaro Perdomo en la poesía y la declamación, a la que de manera un tanto peyorativa llamamos hoy popular. Pienso que la radio, con sus espacios dedicados al esparcimiento cultural, igual que a la radioaudiencia quindiana, ejerció una influencia decisiva en su gusto, ya beneficiado por la naturaleza con una voz grave y grata.

 

Es indudable que en su formación inicial como declamador, personajes como Rodrigo Correa Palacio, Juan Caballero y otros, dejaron su impronta. De ahí, de memorizar y darle coherencia gestual a la poesía ajena, a la tarea de hacer sus propios poemas, el paso tal vez debió ser menos tortuoso aunque lo fuera difícil y distinto. Para bien o para mal, su poesía, escasa por cierto, se enrumbó por el estilo del autor del Himno del Quindío, el antioqueño Jorge Robledo Ortiz, conocido en la cofradía intelectual como El poeta de la virgen.

 

Como tantos y tantos quindianos, su voz y talento innato cayó en las redes de la seducción política tradicional. Y de la tribuna de don Emilio Carriel, el cacique supérstite mayor, pasó a la militancia burocrática como revisor y luego auditor de la Contraloría General de la República. La función pública, me consta como jubilado que soy, le confiere al burócrata una seguridad cíclica que respira de quincena en quincena, que consigue ponerle una venda sobre los ojos al oficinista y reducirlo a ver el mundo por la ventana. Y de pronto, el día menos esperado: ¡Tome pa que lleve!, ese malvenido oficio, que de manera invariable termina por agradecernos los invaluables servicios prestados a la entidad. Y ahí, justo ahí, el empleado vuelve a tomar contacto real con el frío asfalto.

 


Se truncó


Y fue así, por cosas de las cuotas políticas, que Álvaro truncó su carrera administrativa y se encontró con un déficit en años para optar a una pensión, por lo que debió esperar cerca de cinco más para clasificar.

 

Fueron años duros, no hay que dudarlo, pero él siempre se mostró imperturbable ante las penurias, como si nada. Coincidió con esa época la inauguración del primer centro nocturno tanguero con un show permanente: La taberna Los muchachos de antes. Y entonces Álvaro le añadió muchas millas a su prestigio, ahora como cantor de tangos. Bien pronto fue el mejor y lo fue hasta la mañana del domingo tres de julio de 2011, justo una quincena luego de cumplidos los 67 años.

 

Durante la reconstrucción del Eje Cafetero actuó en dos radionovelas producidas por el Forec y transmitidas para la red de emisoras comunitarias consolidadas por el sismo. Entonces hacía el papel antagónico de “Don Chucho”, un típico personaje de barrio, con ínfulas de líder, intrigante y pícaro. Por esos días representó por su cuenta al Quindío en un concurso nacional de declamación en Yaguará, Huila, a orillas de la represa de Betania. Ganó el primero y único premio.

 


Tangueros


El reencauche de nuestro grupo tanguero en el Quindío llegó de la mano con una tendencia que, gota a gota y por fortuna, comenzó a permear lo que parecía impenetrable en la concepción de los amantes de fin de semana de los tangos.

 

Esta parte del país y el país mismo decidió instalar una cortina desde la mitad del siglo pasado; el tango, para la mayoría de aficionados, nació, creció y murió con Gardel, aunque le dieron unos cuidados intensivos que alcanzaron a pellizcar la mitad del siglo veinte “problemático y febril”.
La tendencia referida se centra en la manera de meterle el corazón hasta el fondo al dos por cuatro, que el cantante haga girar el acompañamiento en torno a él, al mensaje. Para ello debe interpretar de verdad lo que dice la letra, ponerle gramática y ortografía al tango. Y como consecuencia debe, de paso, mandar al carajo los desplantes vocales.

 

Fuera la gestualidad operática, el descreste y con ello esa pléyade de cantantes que soñaron y sueñan con romper vidrios, como en el viejo mito de Caruso. Esa nueva manera de interpretar el gotan, que no es tan nueva, tuvo un precursor: Roberto Goyeneche. Alrededor de tales premisas se fortaleció el estilo de Álvaro Perdomo. He ahí la clave de su supremacía en este territorio de ciegos que era el Quindío en asuntos del tango.

 


Testimonio


Así como se habla sobre las similitudes entre perro y dueño, para un cantor de tangos su cotidianidad está enmarcada en los idénticos territorios que fluyen en las letras que canta en las noches. Nadie mejor que un cantor para dar un testimonio del amor, el desamor, las ilusiones y la fe rota, la soledad, los amigos y la complicidad del bar, la noche y sus madrugadas. Así, nuestro cantor tuvo pocos pero grandes amores; duros, dolorosos, difíciles, al igual que en los tangos.

 

Al final de sus días, a manera de coda en el gotan de su vida sentimental, vivió su mayor romance. Esta vez fue una cantante calarqueña, Estela Salazar. A su lado y en la época en que más lo necesitaba, dos afortunados sucesos coincidieron para Álvaro Perdomo.

 

Una sentencia favorable del Tribunal y la posibilidad de realizar el sueño primario de un tanguero: ir a Buenos Aires, cantar y, luego, editar un disco con aquellos temas afincados en la zurda, ese espacio que le falló una mañana de domingo con sol, mientras hacía planes con Estela.

 

Lo que son las cosas de la música: una de tantas noches, conoció el cantor a un abogado que ha sabido alternar con juicio y pleno goce las materias jurídicas con las etílicas, lúdicas y tanguísticas por años y años. Tan sapiente en lo uno como en lo otro, generoso y solidario él, se convirtió en procurador acucioso de los derechos de Álvaro. Varios años de espera dieron su fruto. La sentencia trajo consigo el desahogo económico para que el cantor fuera a la Meca del dos por cuatro con su nuevo y último amor.


Regreso

 

Al regreso de Buenos Aires, Diego Buitrago, el abogado y contertulio pasó de apoderado judicial a editor musical del trabajo postrero realizado por Álvaro Perdomo: “Tango al oído”, respaldado por un excelente grupo argentino. Este trabajo fue publicado en 2009. La epifanía tanguera de Álvaro Perdomo está contenida en un disco compacto grabado en 2007, “Romance de barrio”, un álbum con doce tangos, cuatro poemas y una canción de su autoría.

 

En los últimos tiempos, además de la interpretación del tango, le añadió a su inmenso repertorio cientos de boleros de la época de oro de las grandes voces y orquestas. Cantaba a lo Daniel Santos, a lo Ledesma. Aunque parezca extraño, ocho días antes de morir, la última noche en que actuamos juntos, no cantó tangos; sólo boleros. Fue una tertulia que le organizamos a Miguel Ángel Rojas con el fin de recoger fondos para su campaña a la alcaldía de Armenia. Gracias a Ramón “Senel”, el acucioso sonidista, hicimos una grabación que ahora, cinco meses después, tiene un valor inmensurable, como que es su último ascenso a la tarima. La memoria digital registra toda la euforia que lo acompañó esa noche de despedida.

 


Su muerte

 

Una vez enfrentados a la certeza de su muerte, sus amigos llegamos a la conclusión de que Álvaro murió en la etapa más feliz de su vida, cuando ya había alcanzado a realizar la mayoría de los sueños posibles. Murió cuando aún gozaba de vitalidad, alimentaba esperanzas, complacido con los logros de sus hijos. No alcanzó a despedirse de Estela Salazar, quien angustiada lo llevó a la clínica tras sentir la punzada letal. Murió “de repente”, como decimos en el Quindío.

 

De esa forma como deberíamos morir todos: sin sembrar las expectativas que son generadas por enfermedades largas; murió así, libre de tubos, mecanismos y ataduras artificiales. Su velorio se prolongó por varios días, los suficientes para que uno de sus hijos, el biólogo que reside en Australia, alcanzara a concurrir a la ceremonia de despedida.

 

Por esa circunstancia el cadáver del cantor estuvo presente en su nueva casa; por eso pudimos concurrir todos Los muchachos de antes, a cantarle al cantor aquellos tangos que animaron muchas de nuestras noches de tarima y bohemia.

 

Muerto el amigo, el colega, el cómplice, nos quedó la certeza de que la muerte debe llegarnos, así como a Álvaro Perdomo, cuando deje dolor y nunca cuando sea la solución piadosa a una vida deteriorada que no merece ya vivirse. Me dice Estela Salazar, justo hoy, que a Draco, el viejo perro, le ha llegado lo inevitable…

 

 
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