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CULTURA

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El Mito del Escorpión
Publicado 16/12/2012

Gonzalo Hugo Vallejo*
Carlos Arturo Liévano*
El Diario del Otún


Temido por su picadura venenosa y muchas veces mortal, este animal se convirtió en ícono del peligro (“si te pica el escorpión, trae pala y azadón”, reza el proverbio).

 

El ser habitante de páramos y estepas lo tornó en magro habitante de lugares yermos e inhóspitos. Condenado etno-históricamente a través de ritos y creencias a la condición de ser una poderosa fuerza maligna, el temor atávico que inspiraba terminó atándolo al mundo supersticioso de la antigüedad.


Una macabra danza nupcial unida a su canibalismo donde hijos y congéneres son sus apetitosas presas, un poderoso aguijón, capacidad de adaptación y de reacción, hábitos nocturnos, despliegue táctil, resistencia para soportar calor, falta de agua y largos periodos de ayuno, lo convierten en símbolo antediluviano de vida y muerte.

 

Este arácnido hace presencia en los más disímiles lugares de la tradición oral y escritural. En inscripciones, códices e imágenes del viejo Egipto ya se perfilaba el escorpión como símbolo de poder: es el caso de Serket, la diosa protectora de Nefertiti quien envía siete escorpiones para defender a Isis de Seth. Los antiguos habitantes del Eúfrates lo describían como un monstruo mitad hombre, mitad animal. El poema del “Gilgamesh” habla de unos escorpiones humanos que custodian el amanecer y el ocaso. Entre los griegos era el vengador de Artemisa y el eterno persecutor de Orión. Una famosa escultura romana muestra a un escorpión pellizcando los testículos del toro Mitra.


El relato legendario siempre rodeó la figura mítica del escorpión (“una especie de serpiente, de cara tierna, comparable al semblante de una virgen casta”, así lo define Konrad von Megenberg en su “libro de la naturaleza”). Su nacimiento de cocodrilos fallecidos, su resurrección del vinagre, o su temida égida como los reyes de la noche y los cancerberos de la muerte en la mitología celta, son algunas creencias que se unen a otras narradas por Aristóteles, Plinio el viejo o Paracelsus.
Una fábula antediluviana narra con cierta ironía cómo el escorpión, para cruzar el lago, se acerca a una rana y le pide que lo traslade en su lomo. La rana resguardada en su logicidad, se niega: “me vas a picar”, le dice.

 

Aquél la convence con un argumento razonable: “si te pico nos ahogaríamos los dos. ¿Cómo voy a hacer tal cosa?”. En mitad del lago la rana siente el pinchazo del aguijón. Antes de hundirse junto a su ingrato pasajero, reclama: “¿por qué me picaste? ¡Moriremos los dos!”. El escorpión responde: “no lo pude evitar, es mi naturaleza”.


Existen muchos mitos en América Latina acerca de los escorpiones los cuales forman parte de su cultura popular: cuando tiene crías, su veneno se vuelve más fuerte; se sirve como alimento a los perros para que éstos se vuelvan furiosos; para que nunca falte el amor, hay que colocar un anillo de su cola y engarzarlo en un collar; su cola debe usarse como amuleto para salir victorioso en la pelea; hay que morder una lima o un cuchillo con el filo hacia adentro para que el dolor de su picadura desaparezca; hay que tomar agua, matar al animal y enterrar su cola para no morir por causa de su veneno; puestos en alcohol sirven como antídoto para su propia picadura; luego de ser picado debe tomarse un trago de ron o de café negro.


Siguiendo con la acendrada presunción de que la literatura logra lo que no puede la ciencia: “hacer pensable el mal”, resaltamos obras tales como la del peruano Isaac Goldenberg (“Acuérdate del escorpión”) exponente de la novela negra quién reflexiona en su libro sobre los prejuicios y los sórdidos abusos del poder; “El dulce veneno del escorpión”, diario íntimo de una joven prostituta de la brasileña Bruna Surfistinha y “Bajo el signo de Escorpión” de Jüri Lina, un escritor sueco vetado en USA por denunciar la relación entre el sionismo y la secta de los Illuminati.

 

“Las memorias del Escorpión” es texto clave para comprender las dictaduras latinoamericanas a partir de la semblanza que hizo Efraín Enrique Gamón sobre Alfredo Stroessner, tirano que gobernó a Paraguay durante 35 años. Esta obra ha sido comparada con el trabajo de Hannah Arendt (“La banalidad el mal”) filósofa alemana de origen judío quien intentó fallidamente comprender el fenómeno del autoritarismo a través de una entrevista a Adolf Eichmann, el criminal nazi.


Hay pues una carga ética, etnográfica, ecológica, política y literaria que se esconde detrás de su inveterada existencia y su controvertida figura metafórica. Cuenta una leyenda urbana que, cuando la gran catástrofe nuclear haya destruido toda forma de vida planetaria y de ese fatuo poder humano al que representaban, sólo los cautos escorpiones, habitantes del inframundo, subirán a la superficie y reinarán por siempre.


(gonzalohugova@hotmail.com)

(dondemerceditas@yahoo.es)

 
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