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CULTURA

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Conversaciones sobre música y literatura con Juan Carlos Garay
Publicado 01/05/2011

 

Alejandro Patiño

Recuerdo la última vez que conversé con Juan Carlos Garay, fue en el marco del V Festival internacional de la música en Cartagena, estábamos sentados compartiendo una cerveza y algo de comer en la Plaza Santo Domingo. En medio de una tertulia que iba entre periodismo, música y literatura me dijo, “Me gusta mucho llevar la música a los terrenos de la palabra, creo que ese ha sido siempre mi búsqueda y mi oficio”.


Retomo esa frase casi 3 meses después para tratar de entender la motivación que lo movió, siendo uno de los periodistas culturales y críticos musicales más reconocidos del país en los últimos años, a entrar en los terrenos de la ficción. Mientras conversábamos vía internet de su más reciente novela publicada "La canción de la luna", la segunda en su cuenta literaria, recordamos por un momento los cincuenta años que se celebraron por estos días del primer viaje del hombre al espacio, una conquista humana, acaso comparable, como la que Garay está logrando en su escritura, explorar a través de la imaginación y la música otro campo en el mundo de las letras.


Por más de diez años Juan Carlos Garay (Lima 1974) ha escrito columnas sobre música en diferentes medios del país. Es uno de los mayores conocedores de la escena musical actual en Colombia. Estudió periodismo en la Universidad Javeriana de Bogotá, después cursó estudios de postgrado en periodismo cultural en American University of Washington. Allí trabajó en el servicio latinoamericano de la Voz de América como traductor y realizador de programas de jazz al tiempo que era corresponsal del Magazín Dominical de El Espectador. Entre 2004 y 2009 integró el consejo editorial de la revista Rolling Stone.

 

Desde comienzos de los noventa desarrolla una labor de difusión musical en la radio bogotana y actualmente se encarga de la sección de música de la revista Semana y es colaborador frecuente de varias publicaciones entre las que se destacan El Malpensante, el diario Clarín de Buenos Aires  y la Revista Arcadia. En 2008 ganó el Premio de Periodismo Simón Bolívar por una investigación sobre la salsa.


Ante todo ese currículum de un oficio dedicado al periodismo musical, cabe decir que la primera aparición de Garay como novelista fue en el año 2005 cuando publicó con Alfaguara ´La nostalgia del melómano´, un relato de casi 300 páginas sobre el que el cantante Cheo Feliciano comentó: «Quiero agradecer a Garay por dedicarme su talento y su tiempo para incluirme en su obra».


El entramado de la novela ya empezaba a mostrar su obsesión como novísimo novelista: la relación entre música y literatura y por ende entre ficción y su oficio de crítico. Una serie de sucesos alrededor de la grabación de un tema emblemático de la salsa, El ratón, y un encuentro aún no demostrado en la historia, entre el guitarrista Eric Clapton y Cheo en 1974 son el trasfondo para mostrar la nostalgia por los vinilos y los viejos formatos de la música. Acaso la única realidad innegable que le queda a muchos melómanos.

 

No es gratuito por lo tanto que su narrativa tenga banda sonora, ritmo y este llena de citas discográficas, referencias musicales y nombres de músicos de diferentes géneros como el jazz, la salsa y el tango.


Seguidor y lector consumado del maestro Otto de Greiff, Garay es hoy en día el ejemplo de cómo se hace para ponerle música a las palabras y cómo llevar la música más allá del mero hecho sonoro. Una combinación que el mismo ha calificado de ilusoria y nada fácil. Sin embargo, su presencia calmada como un rumor de canciones que laten y se van con el viento, su sencillez, sensibilidad y despreocupación por las cosas del mundo, lo hacen ser un tipo más cercano a los poetas y los artistas, esos que beben directamente de las fuentes de la ficción, que a los a veces racionales y métricos críticos. Eso se siente hasta en las más simples conversaciones que se entablan con él.
 

En Colombia la gente te conoce más como periodista y crítico musical, ¿Hace cuánto decides empezar a escribir ficción?
En realidad mi relación con la palabra empieza con cuentos que escribía desde los 12 años, obviamente son cuentos que no publicaría, eran más como entrenamientos. Yo era un niño tímido, un poco retraído, y leía mucho y escribía también. Luego decidí estudiar comunicación, periodismo, y por ahí empecé a publicar. Publicar novela (esta es la segunda) es como vencer miedos, salir y mostrar algo que tiene más que ver con el alma.
 

¿Qué tanto camino se ha recorrido en este mundo de la ficción desde esa primera novela hasta la que estas publicando por estos días?
Yo diría que La nostalgia del melómano es una novela muy limpia, muy pulida, y me siento orgulloso de ella, pero en la segunda quise experimentar más. Esta novela es más onírica y, como es sobre la luna, me di el lujo de ser más "lunático".

Teniendo en cuenta las diferencias que separan al periodismo de la literatura, ¿Cuáles son tus búsquedas en esos dos planos de la palabra?
 En esta novela me interesaba separarme totalmente del lenguaje periodístico. Con Carolina Sanín comentábamos que hoy parece que los escritores quisieran ser periodistas, porque eligen como temas las cosas que salen en los periódicos. Mi apuesta es todo lo contrario: si yo ya soy periodista en Semana, en Radio Nacional, en Ñ o en El Malpensante... ¿para qué seguirlo siendo en un libro de ficción?
 

Aún eres periodista y crítico, es tu trabajo permanente, ¿Cómo logras alejarte de ello? ¿Es cómo apretar un botón o algo así?
Porque también soy ese que inventa historias como la de la cofradía de los poetas, también soy ese que se fascina mirando la luna como cuando era chiquito. De alguna manera este libro puede ser para niños. Ojo: no digo que lo sea, pero algo de eso tiene.

Amplíame más esta última parte," puede ser para niños".
De niño me fascinaba mirar la luna, siempre quise un telescopio y nunca lo pedí o nunca me lo trajo el niño dios, en fin, y me quedé con esas ganas de mirar la luna de cerca, y esta novela es eso: es la luna vista por los poetas, por los astronautas, por los músicos.


La novela
A este punto de la conversación iba entendiendo el entramado anecdótico que pulsa la escritura de una novela, a la vez que su materia de inspiración, la música, continúa siendo fuente para otro tipo de textos. Los novelistas de esta generación, ya un poco despreocupados por la sombra de Macondo, tanto para imitarla como para superarla, tienen cada uno búsquedas diferente a pesar de las similitudes que los pueda agrupar en un mismo movimiento.

 

Carolina Sanín, Margarita Posada, Pilar Quintana y otros, hacen parte de una generación más que de un movimiento. No apuntan a lo mismo, en algunos es lo urbano, en otros las vivencias personales o como en el caso de Garay: la música.

 

Ya logró su reconocimiento escribiéndola en forma periodística, habrá que esperar que sucede con sus libros en el plano de la ficción, más propiamente de la literatura de esta generación en Colombia. Su colega Gustavo Gómez Córdoba se lo planteaba así, hablando de ´La nostalgia del melómano´, “Nadie sabe si Garay tiene futuro en la literatura, o si armó una historia que será el alfa y omega de su carrera como escritor”.
 

¿Cómo llegaste a esa historia, dónde nació su motivación inicial?
Ufff… déjame hacer memoria, es difícil, sabes. Es como una fascinación que siempre ha estado ahí, la luna estaba siempre por la ventana mientras yo escribía, excepto en luna nueva, obviamente la veía menguar, desaparecer, crecer, llenarse y....
 

¿Qué te llevo a pensar que la luna podía ser tema para tu novela?
En realidad hay varias historias ahí. Todas conectadas de alguna manera, y lo que las conecta es la luna, que obsesiona a todos de maneras distintas.
 

¿Ambas novelas publicadas son parte de una trilogía?
Tal vez la idea de narrar la música, eso tienen en común mis novelas. En la Nostalgia era la música grabada, los discos, esta vez hay música en vivo, mucha guitarra acústica.
 

¿Cómo es tu relación con la música como periodista y como novelista? No es lo mismo narrarla que describirla.
Tengo la fortuna de hacer lo mismo hace 17 años: escribir artículos periodísticos manejando como fuente la música, eso hace que termines volviéndote uno con la fuente. No sé si eso sea bueno o malo, pero conozco muy de cerca el gremio de los músicos, son mis amigos más allá de ser fuente.
 

¿Cómo influye esa confianza con los músicos en tu escritura?
 Me nutren todo el tiempo para no ir a escribir inexactitudes, yo que no soy músico, me enseñan la diferencia entre practicar y ensayar, me dicen qué es una modulación y todas esas cosas van a enriquecer lo que escribo.
 

¿Háblanos un poco sobre el proceso de  la novela?
Fueron dos años, como te digo, con la luna todo el tiempo a través de mi ventana, es decir, fueron 24 lunas.


´La canción de la luna´, presentada el pasado 13 de abril en la biblioteca del Gimnasio Moderno en Bogotá, narra la historia de un monje que descubre que no puede alcanzar la iluminación porque le zumba una melodía en la cabeza. Un coleccionista de música rescata y restaura la guitarra que le perteneció a la leyenda del blues Charley Patton. Ambos personajes están por juntarse en pleno corazón de San Francisco, donde vivirán episodios extravagantes como el encuentro con una cofradía de poetas que busca evitar la explotación industrial del helio, combustible que yace bajo la superficie de la luna. En la novela aún se siente mucho de esa nostalgia del melómano, de extrañar las grandes cosas de la música, pero esta vez con la luna como testigo. Carolina Sanín, columnista de El Espectador y que también ha incursionado en el mundo de la ficción, precisa, “Juan Carlos Garay se ha propuesto la ambiciosa tarea de describir simultáneamente un espacio musical y el paisaje poético de la luna.”.
 

Después de dos experiencias en la ficción ya publicadas, ¿Qué ha significado este nuevo proceso de escritura?
Me siento muy feliz de haber hecho una novela menos racional, más intuitiva, más onírica. No sé si vuelva a emplear esa metodología, pero escribirla fue una experiencia de expansión. Espero que el lector la aprecie como una novela contemplativa.
 

¿Qué es más complejo, ser periodista musical o novelista con la música como gran protagonista?
Ambas son complejas, pero la novela es más extensa, con todo lo que ello implica, el periodismo requiere chispa, la novela disciplina. La idea de un texto es que empiece bien, continúe bien y termine bien. Así me lo planteo cuando escribo una reseña y así también en la narrativa, la diferencia está en la extensión.
 

La gente te conoce como periodista, y eso fue lo que estudiaste y de lo que has vivido por muchos años. Pero a veces pienso que te sientes más un escritor de ficción, eso es lo que muy en el fondo quieres hacer más que tu trabajo periodístico, el que te ha dado el reconocimiento. ¿Por qué no decidiste el camino de la novela desde un comienzo?
Ah, porque la literatura no da para vivir (risas). El periodismo es vivir de las palabras y la literatura jugar con ellas.
 

Tu primer libro fue publicado por Alfaguara y este segundo por Icono. ¿A qué se debe el cambio de editorial y qué representó para ti?
La primera parte de la respuesta es que Alfaguara no se mostró interesada en esta novela. Pero hay algo más importante. Cuando estuve en Buenos Aires descubrí que existe algo llamado editoriales pequeñas, independientes, y que justamente esas editoriales son las que están publicando a los autores jóvenes y las que están siendo leídas por la gente más joven. Es un poco lo que sucede con la música, donde uno ve que lo más interesante es lo que publican los sellos independientes. Creo que este es un gesto para decirles a los jóvenes escritores y lectores que se fijen más en los pequeños sellos.

¿Cómo ves la relación tan estrecha entre periodismo y literatura y la forma como saltan de un lado a otro muchos de nuestros escritores?
A mí las noticas me deprimen y en cambio la literatura me exalta. Por eso no comparto una literatura basada en la noticia. Creo que eso termina siendo malo para la imaginación. Yo le apuesto a una literatura de verdad imaginativa.

¿Verdad imaginativa?

Imaginativa de verdad (risas).

 
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