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Viernes, Octubre 20 - 2017 Pereira - Colombia

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CRÓNICA
Aquel sastre no pasa de moda

Sebastián Correa
Estud. Periodismo U. Católica


Con el transcurso de la mañana, la temperatura aumenta en Belalcázar (Caldas). El sol que llega desde las montañas cafeteras provee una sensación térmica de 29 grados centígrados. Este sopor no afecta para nada la elegancia de don Jairo Agudelo, anciano de 83 años que todos los días visita la plaza principal del pueblo con su saco gris y camisa blanca, hechos a la medida, y pantalón de dril color habano.


 Sentado justo al lado de un pequeño jardín de la plaza, comenta que “la elegancia y la belleza nunca se pierden, yo llevo toda la vida viviendo acá y desde pequeño mis papás siempre me vestían así, de saco y corbata, y eso que antes los calores eran peores, pero uno tenía que demostrar el turmequé ante los vecinos”.


Así como Jairo, deambulan por las calles de Belalcázar decenas de adultos mayores exhibiendo su ropa anticuada, que en su momento era considerada obligación para conquistar mujeres. Recorriendo el pueblo, se reconoce fácilmente la escasez de sastrerías que continúan en vigencia por estos años. La industrialización y el paso de una moda a otra fueron mutilando la ilusión de tantos sastres que entrado el siglo pasado fundaban sus negocios textiles con la ilusión de levantar su familia y tener de qué vivir.


Aunque las fábricas arrasaron con el negocio de la sastrería, en el pueblo de Belalcázar aún existen varios negocios que se niegan a morir. Tal es el caso de la sastrería ‘La gran tijera’, de don Pedro Nel Taborda. Como todo buen sastre, con su metro al hombro y delantal blanco, comenta sus experiencias por más de 40 años de servicio para los vecinos del pueblo: “Yo tengo la satisfacción de llevar cuatro décadas con esta sastrería y no ha habido un solo año en que yo me acueste con hambre, todo eso se lo debo a mi negocio. Siempre hubo una merma considerable con el tema de las fábricas y eso, pero lo importante es que uno no se puede dejar ahogar por lo que se viene, uno se debe reinventar, debe innovar a cada momentico porque si no se lo lleva el putas”.


Mientras Pedro Nel comenta sus hazañas como sastre, los rollos de hilo y las telas ubicadas en el mostrador de la tienda, resaltan la figura de rebuscador que tiene este  sastre que se rehúsa a enterrar su fuente de ingresos más próspera. “Yo tengo varios contratos con la Alcaldía, con los colegios, para confeccionarles los uniformes. Como le digo, uno no se puede dejar morir. Además esta idea de montar mi negocio fue siempre un sueño que tuve, desde que nos vinimos con mis papás de Santuario pa’ acá (sic) siempre quise ponerme a hacer algo y lo que aprendí primero fue a arreglar telas”.


 Mientras don Pedro relata esos inicios difíciles en el negocio, se ven las máquinas de coser modernas que constituyen su empresa, así como las dos trabajadoras que tiene a su cargo hace más de 15 años. “Mire, por acá en el pueblo ya solo quedan dos sastrerías, la mayoría de la gente viene a que les haga remiendos o a comprar telas pa’ hacer ellos los vestidos, pero eso de mandar a hacer un saco o un pantalón eso por acá ya no se ve. Ya la gente le gusta más lo cómodo, lo fresco, y como con estos calores ya nadie se pone saco, solo los viejos, entonces esa moda ya pasó de moda por así decirlo (risas)”.


El arte de la sastrería no conoce de límites regionales. El señor Rodrigo Torres, oriundo de La Unión (Valle) y dueño de otra sastrería en Belalcázar (Caldas), desentrañó sus inicios como sastre: “Vea, yo me vine a vivir acá hace 50 años, mis papás siempre quisieron tener un negocio apenas llegaron y pues como en esa época había muchas sastrerías, como 14 o 15, entonces ellos montaron la suya y pues ahí me metí yo con el cuento y véanme aquí cosiendo y arreglando ruedos”.


 Don Rodrigo fundamenta su prosperidad y duración a las facilidades y el buen servicio que se le da al cliente, además de las técnicas innovadoras que todo sastre debe ir aprendiendo para no quedarse rezagado, “yo si le digo, por acá ha habido muchas sastrerías, pero se quiebran porque la gente habla mal de sus dueños o porque cobran muy caro entonces nadie les va. Lo que uno debe siempre tener en cuenta es el buen servicio y la buena reputación, ahí se fundamenta el seguir acá con el negocio después de tantos años”.


En un local bastante pequeño, sin más armas que una cosedora y un estante lleno de pantalones listos para arreglar, Rodrigo prepara el último pedido del día quitándole las agujas que quedan a un pantalón que pedía subir el ruedo. Le comenta al público presente en la sastrería que el único sueño que no ha podido cumplir es el de confeccionar los uniformes de todo el plantel del amado y glorioso Deportivo Cali, pero que no pierde la esperanza de algún día, así sea, mandar los pares de medias para que el equipo juegue con una prenda confeccionada por sus manos.


 Estos dos negocios que sobreviven a la industrialización se han vuelto famosos por su consistencia y buen servicio, trabajando junto a locales llenos de ropa a la moda, shorts, jeans rasgados, blusas ombligueras, que no intentan competir con los restos del pasado, las populares sastrerías.
Son variados los factores que hicieron posible la quiebra de muchos dueños de sus negocios de sastrería, la falta de clientela, los altos costos de sus trabajos, la falta de innovación en sus servicios, sumado a la llegada de nuevas modas como el jean y las telas frescas.


Esas nuevas modas terminaron con el sueño de muchos sastres que vieron cómo su negocio les ayudó a levantar una casa y a sostener una familia hasta ver a sus hijos profesionales, pero que la fuerza y el empuje no les alcanzó para perdurar. En el pueblo todavía quedan aquellos hombres que fueron el pasado, pero que no son el presente, esos hombres que forjaron y vieron crecer juntos a Belalcázar a través del trabajo de sus manos.
 

 


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