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CRÓNICA

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De contraste Amor a la intemperie
Publicado 02/12/2018

Ángel Gómez Giraldo

El muchacho sentado muy cerca de la muchacha. Ambos tan juntos que en vez de dos cuerpos parecían uno. Tan sutiles aún que en la geografía física eran más llanura que cerros, planos de cuerpo. Con pantalones y blusas ceñidas a los “güesos” que es la moda, aparentaban ser apenas unos niños jugando a perder la inocencia. Teñidos con el color moreno de la tierra y por este sol que en estos días apenas ventanea.


Vivían tal vez la primera emoción de tocarse, ahí sentados sobre las escalinatas de la Plaza de Bolívar que permiten al público entrar o salir de ella.


Esto ahí, precisamente en el ángulo que hacen los 3 escalones que permite tener la vista sobre la amplia plaza y estar cerca a la calle 19.
Era ya vespertina del día viernes cuando los descubrí. Estaban más entregados el uno al otro que novios recién casados.


Algo más, parecían embriagados porque para algunos enamorados la saliva que intercambian al besarse es el mejor licor.
No les importaba la gente que tenían alrededor. Mucho menos los prejuicios sociales ahorcados, hace ya mucho, en el árbol de la educación sexual.


Así se besaban sin temor y con los ojos abiertos, no cerrados como en viejos tiempos ya que el nuevo mandamiento es besar con los ojos abiertos para ver cómo se están haciendo las cosas.
Eran besos tan apasionados que al abrir y cerrar la boca se podía ver cómo entrelazaban sus lenguas. En este juego oral la saliva les salía de la boca y cual jugo refrescante les caía sobre las piernas extendidas cual largas son.

Contraste
Yo, el cronista que había llegado furtivamente, alelado observando ese ritual de amor erótico a la intemperie.


A nadie más parecía importarle esos dos cuerpos sutiles que no eran dos sino uno solo en una tarde celestina para ellos por cálida y por lluvias aplazadas para otro día.

El contraste

 ¡Oh Dios! Había alguien más que los tenía ‘pillaos’. Luego de mover mis ojos para descansar de la vista y encontrar otras curiosidades, a solo tres metros de distancia de los tres, contándome también, la figura contrastante sentada sobre las escalinatas tan duras y calientes que al poner el trasero sobre ellas se corre el riesgo de sufrir hemorroides.


Una mujer ya no tan joven, porque mostraba un rostro de papaya rallada a raíz de la aparición prematura de las líneas de expresión. Aunque con sobrepeso mostraba los atractivos de la otra raza: Piel, ojos y cabellos claros.


Mis ojos ya trepados sobre la señora en solitario la vieron entregada al voyeurismo, mirar con disimulo en el momento en que a nadie le gusta que miren lo que está haciendo.


Su actitud me conmovió por lo embebida con ellos y porque la expresión de su rostro era una mezcla de envidia y de sufrimiento por tener tan cerca a dos personas jóvenes haciendo lo que ella no hacía quién sabe desde cuándo. Yo que le tenía trepados los ojos encima, la vi a punto de llorar no con las lágrimas de los ojos sino del corazón. Pero no se iba de allí.


El tiempo de duración de esta imagen de contraste no se cuánto tiempo duró porque me dispuse a atravesar la plaza donde se estaba ambientando con música del cantante español Joan Manuel Serrat el acto de rechazo al maltrato y violencia contra la mujer que como anotó al día siguiente el editorial de El Diario “fue una valiosa jornada para llamar la atención de tan abominables hechos y defenderlas de sus victimarios”.


Créanme que me retiré sin saber qué destrozos produjo el estallido del amor de la pareja de adolescentes, y si como lo llegué a pensar, la señora fisgona a la final se derritió de envidia.

Bolívar
Antes de ganar la carrera octava pasé frente al Bolívar a quien el escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancurt hizo en México y Dios lo trajo al mundo: desnudo sobre el caballo negro, monumento plantado allí para las fiestas aniversarias de la ciudad en el año de 1963.


Antes de que me quedara demasiado lejos volví hacia atrás la cabeza por segunda vez y no se si estaba alucinando o practicando telequinesia porque vi al mismo Padre de la Patria descender la mano con la antorcha de la libertad y bajar la parte superior de su cuerpo sobre la crin del animal y besarle la trompa. Así es pues el comportamiento amoroso terminando la segunda década del año 2000. Va a mil y no le importan talanqueras ni balaustradas.

 
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